San Leandro de Sevilla

Homilía en Alabanza de la Iglesia por la conversión de los Pueblos (589)


Trascribimos y traducimos libremente aquí la famosa homilía del obispo hispalense pronunciada al finalizar el III Concilio Toledano. La homilía también es conocida con el título de De triumpho Ecclesiae ob conuersione Gothorum (Sobre el triunfo de la Iglesia por la conversión de los godos). Esta homilía, aún hoy poco conocida —el gran especialista isidoriano Jaques Fontaine la llama “la hermosa desconocida”  es de un notable valor para el estudio del tiempo histórico, de la eclesiología que propone, de la teología de la historia que desarrolla y de los giros simbólicos que usa para involucrar a su auditorio en el gozo que quiere transmitir.


Para la presente traducción, tomamos como base el texto de la Patrología Latina confrontado con la traducción hecha por Tejada y Ramiro en su Colección de cánones. Modernizamos el castellano, la puntuación y revisamos las citas bíblicas, ajustándolas a la traducción de la Biblia del Pueblo de Dios.


Bibliografía

Texto

PL 72, 893-898 y 84, 360-364

González, F.: Collectio conciliorum Ecclesiae Hispaniae, Madrid 1808, 359-364

Tejada y Ramiro, Juan, Colección de cánones y de todos los concilios de la Iglesia de España y de América, Madrid, traducida al castellano con notas e ilustraciones por..., Imprenta de Don Pedro Montero, 1849-1863. T. II, 256-259

Vega, A. C., El “De institutione virginum” de S. Leandro de Sevilla, El Escorial, 1948, publicación de la homilía en p. 127-131.

Domínguez del val, Ursino, Leandro de Sevilla y la lucha contra el arrianismo, Madrid, 1981, traducción de la homilía en p. 530-537.

Martínez Díez, G.- Rodríguez, F., “Homelia in laude Ecclesiae”, en: La Colección Canónica Hispana, V. Concilios Hispanos: Segunda parte, Madrid, CSIC, 1992, pp.148-159.

 

Estudios

Fontaine, Jaques, La homilía de San Leandro ante el Concilio III de Toledo: Temática y forma, en: XIV Centenario del Concilio III de Toledo. 589-1989, Toledo, 1991, 249-270.

Gómez Cobo, A., La «Homilia in laudem ecclesiae» de Leandro de Sevilla. Estudio y valoración, Murcia, Editorial Espigas - Publicaciones Instituto Teológico Franciscano, 1999, pp. 43-53.

Gómez Cobo, A., "Gozo y alegría: metáforas de conversión en la "Homelia in laude Ecclesiae" de Leandro de Sevilla", Carthaginensia 21, 39 (2005) 33-85.

Gómez Cobo, A., "El tema de la unidad en la Homelia de Leandro de Sevilla. Recursos literarios centrados en el léxico", [PDF] en: Myrtia 26 (2011) 83-104. Disponible en: <http://revistas.um.es/myrtia/article/view/143681/128921> [consulta: 04-09-2012].

Moya, Francisco, "La "Homelia in laude Ecclesiae" de Leandro de Sevilla", Carthaginensia 16, 29 (2000) 217-220.

Orlandis, José, La doctrina eclesiológica de la homilía de San Leandro en el Concilio III de Toledo, en: Pueblo de Dios, cuerpo de Cristo, templo del Espíritu Santo (Implicaciones estructurales y pastorales en la “communio”): XV Simposio Internacional de Teología de la Universidad de Navarra, editado por Pedro Rodríguez, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1996, 147-151.

 

 

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Homilia de San Leandro de Sevilla

En alabanza de la Iglesia por la conversión de los Pueblos

 

Esta festividad que celebramos [la culminación de Concilio], es entre todas la más solemne y su novedad lo deja traslucir. Porque así como es nueva la conversión de tantos pueblos, así son más nobles de lo acostumbrado los gozos de la Iglesia. Ésta celebra muchas solemnidades en el trascurso del año, en las cuales, aunque tiene los gozos acostumbrados, no son sin embargo nuevos como en la actual. Pues que de un modo se goza con las cosas que siempre ha poseído y de otro con los grandes tesoros hallados recientemente.

 

Por lo cual, nosotros experimentamos tanta mayor alegría, porque vemos que repentinamente, la Iglesia ha dado a luz nuevos pueblos. Y aquellos por cuya aspereza gemíamos antes, nos dan ahora motivo de alegría por su fe. Es por eso que la materia de nuestro gozo, fue el motivo de la tribulación pasada. Gemíamos cuando estábamos oprimidos, cuando se nos culpaba; pero aquellos gemidos produjeron que los que nos servían de peso por su infidelidad, llegaran a ser nuestra corona después de su conversión.

 

La Iglesia expresa esto con gozo en los salmos cuando dice me ensanchaste en la tribulación (Sal 4, 2); y Sara siendo codiciada muchas veces por los reyes ni recibe mancha en su pureza y enriquece a Abraham por su hermosura, pues le hacen muchos regalos todos los reyes que la codician (Gn 20, 16). Dignamente pues, la Iglesia Católica convierte en lucro de su esposo —esto es de Cristo— los pueblos que tenía por enemigos mediante el brillo de la fe; y por medio de la adquisición de estos reinos, hace rico a su esposo, siendo así que antes le causaba inquietudes.

 

Por lo tanto, la Iglesia cuando al principio es provocada y mordida por los dientes de los envidiosos, cuando es oprimida, recibe instrucción, cuando se la persigue se dilata. Porque su paciencia, o vence o hace suyos a sus rivales. Dice pues la Escritura Sagrada, muchas hijas reunieron riquezas pero las sobrepujaste a todas (Prov 31, 29). Y no hay que admirarse de que a las herejías se les de el nombre de hijas. Pero debe observarse que se las coloca en lugar de las espinas. Son hijas porque han sido engendradas del semen cristiano y espinas porque se encuentran fuera del paraíso de Dios, esto es, se alimentan fuera de la Iglesia Católica. Y esto no es una conjetura de nuestros sentidos, sino que se prueba por la autoridad de la divina Escritura, pues dice Salomón: como el lirio entre las espinas, así mi amiga entre las hijas (Cant 2, 2).

 

Y para que no se admiren de que llame hijas a las herejías, inmediatamente las apellida espinas. Las herejías se encuentran en todos los ángulos del mundo o de las naciones; sin embargo la Iglesia Católica, ya que se extiende por todo el orbe, se compone de la sociedad de todos los pueblos. Rectamente, pues, las herejías, en las cavernas en que se ocultan, reúnen en parte riquezas; mas la Iglesia Católica, colocada en la atalaya de todo el mundo, aventaja a todas.

¡Regocíjate y alégrate Iglesia de Dios! Gózate y progresa en un solo Cuerpo de Cristo y ármate de fortaleza y llénate de júbilo, porque tus aflicciones se han convertido en gozo y el traje de la tristeza se cambiará por el de alegría. He aquí que olvidada de tu esterilidad y pobreza, de repente, en un solo parto, engendraste pueblos innumerables para tu Cristo, pues que prosperas con tus pérdidas y creces con tu propio daño.

 

Y es tan grande tu esposo, por cuyo imperio eres gobernada, que cuando permite que le quiten alguna cosa, te lo devuelve y convierte en amigos a tus enemigos. A la manera que el labrador y el pescador, no consideran pérdida —en atención a sus futuros lucros — el grano con que siembran ni lo que ponen en el anzuelo; de la misma manera no debes ya llorar ni entristecerte, porque temporalmente algunos se hayan separado de ti, puesto que ves que han vuelto a ti con grandes lucros.

Alégrate pues con razón por la confianza de tu fe y de tu cabeza; ten firmeza en la fe, viendo que las antiguas promesas se han cumplido. Pues la misma Verdad dice en el Evangelio: convenía que Cristo muriese por la nación y no solamente por la nación, mas también para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos (Jn 11, 51-52). Tu por lo tanto gritas en los salmos a los que odian la paz: glorifique conmigo al Señor alabemos su nombre todos juntos (Sal 34, 4). Y después: cuando se reúnan los pueblos y los reinos y sirvan todos al Señor (Sal 102, 23).

 

Sabiendo por los vaticinios proféticos, por los oráculos evangélicos y por los documentos apostólicos, cuál es la dulzura de la caridad y el deleite de la unidad, no predicas sino la unión de las naciones, no aspiras sino a la unidad de los pueblos y no siembras mas que los bienes de la paz y de la caridad.

Alégrate, pues, en el Señor, porque no has sido defraudada en tu deseo, puesto que aquellos que concebiste, después de tanto tiempo de gemidos y oración continua, ahora pasado el hielo del invierno, después de la dureza del frío, después de la austeridad de la nieve, repentinamente los has parido en gozo, como un fruto delicioso de los campos y como flores alegres de primavera o risueños sarmientos de vides.

 

Por lo cual hermanos, conviene alegrarnos extraordinariamente en el Señor y dar gracias a Dios nuestro Salvador, debiendo, en vista de lo que ha pasado, creer que se cumplirá lo que falta. Pues aquel vaticinio del Señor: tengo otras ovejas que no son de este redil y conviene que vengan a mí, de modo que se forme una grey y un solo pastor (Jn 10, 16), vemos que ya se ha cumplido. Por lo cual no hay que dudar que todo el mundo puede creer en Cristo y reunirse en una sola Iglesia; puesto que según testimonio de este mismo Señor leemos en el Evangelio: y se predicara este evangelio en todo el mundo para que sirva de testimonio a todos los pueblos y entonces llegará la consumación (Mt 24, 14). Luego no debemos dudar, si tenemos por verdadero lo que el Señor dijo, que aunque falte alguna parte del mundo o haya algunos pueblos bárbaros a quienes la fe aun no haya llegado, llegarán a creer y a formar una sola Iglesia.

 

De modo que, hermanos, la bondad ha ocupado el lugar de la malignidad y al error ha sucedido la verdad; y así como la soberbia a causa de la diversidad de lenguas había separado de la unidad a los pueblos, por razón opuesta, la caridad los reunirá por segunda vez al gremio de la hermandad; y así, como un solo Señor es el poseedor de todo el mundo, del mismo modo llegará a formar un solo corazón y una sola alma de semejante posesión. Dice: pídeme, y te daré las naciones como herencia, y como propiedad, los confines de la tierra (Sal 2, 8). Por lo tanto de un solo hombre se propagó todo el género humano, para que supieran todos los que proceden de él, que debían buscar y amar la unidad. El orden natural exige pues, que aquellos que traen su origen de un solo hombre, tengan caridad mutua y que no disientan de la verdad de la fe los que no se separan en el origen natural. Las herejías y divisiones dimanan de la fuente de los vicios. Luego cualquiera que vuelve a la unidad, vuelve desde el vicio a la naturaleza; porque así como es propio de ésta componer una unidad de muchas; del mismo modo es propio del vicio, trastornar la dulzura de la fraternidad.

 

Regocijémonos pues extraordinariamente, porque los pueblos que habían perecido por deseo de combatir, Cristo los ha reunido en amistad en una sola Iglesia, en la que la concordia de la verdad los ha vuelto a colocar. De esta Iglesia el Profeta vaticinó lo siguiente: mi casa se llamará casa de oración para todos los pueblos (Mc 11, 17); y mas adelante: Sucederá al fin de los tiempos que la montaña de la Casa del Señor será afianzada sobre la cumbre de las montañas y se elevará por encima de las colinas. Todas las naciones afluirán hacia ella y acudirán pueblos numerosos, que dirán; ¡Vengan, subamos a la montaña del Señor, a la Casa del Dios de Jacob! (Is 2, 2-3). El monte es Cristo y la casa del Señor de Jacob es su Iglesia, a la cual dice que acudirán las gentes y los pueblos. Después on otro pasaje se explica así el Profeta: ¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti! Porque las tinieblas cubren la tierra y una densa oscuridad, a las naciones, pero sobre ti brillará el Señor y su gloria aparecerá sobre ti. Las naciones caminarán a tu luz y los reyes, al esplendor de tu aurora. Mira a tu alrededor y observa: todos se han reunido y vienen hacia ti; tus hijos llegan desde lejos y tus hijas son llevadas en brazos. (Is 60, 1-4)

 

El cual, a fin de que se supiera lo que había de suceder a la gente y al pueblo que se hubiesen separado de la comunión de una Iglesia, siguió diciendo: porque la nación y el reino que no te sirvan, perecerán, y las naciones serán exterminadas (Is 60, 12) y finalmente en otro lugar se expresó de idéntica manera: mira, llamarás a los pueblos que no conocías y las naciones que no te conocieron correrán a ti. (Is 55, 5)

 

No hay pues sino un solo Cristo, Señor nuestro, cuya posesión es una sola santa Iglesia por todo el mundo; él es pues la cabeza y ella el cuerpo de quienes se dijo al principio del Génesis: serán dos en una sola carne (Gen 2, 24). Lo que el Apóstol interpreta de Cristo y de la Iglesia. Y queriendo Cristo que de todos los pueblos se forme una Iglesia, es positivo que cualquiera que es extraño a ella, aunque lleve el nombre de cristiano, sin embargo no está comprendido en la reunión del cuerpo de Cristo. La herejía que desecha la unidad de la Iglesia católica, ama a Cristo con un amor adulterino; no ocupa el lugar de esposa sino de concubina, porque la Escritura dice que en realidad serán dos en una sola carne, esto es un Cristo y una Iglesia, en donde la ramera no encuentra tercera plaza.

 

Cristo dice: una sola es mi paloma mi preciosa. Ella es la única de su madre, la preferida de la que la engendró (Cant 6, 9); acerca de lo cual la misma Iglesia dice: yo para mi amado y mi amado para mí (Cant 6, 3) Busquen ahora las herejías quien las prostituya o de quién se han hecho rameras, porque se apartaron del inmaculado lecho de Cristo, del cual en el grado que sabemos que es preciosa la unión de la caridad, en el mismo debemos alabar a Dios por esta celebridad; porque no ha permitido que los pueblos por quienes se derramó la sangre de su Unigénito, sean devorados fuera de un solo redil por los dientes del diablo.

 

Llore pues el antiguo ladrón, por haber perdido su presa, porque vemos cumplido el vaticinio del Profeta: Sí, al guerrero se le quitará el cautivo y al violento se le escapará el botín; yo mismo litigaré con tus litigantes y yo mismo salvaré a tus hijos (Is 49, 25). La paz de Cristo destruyó el muro de la discordia, que el diablo había fabricado, y la casa, que por la división se inclinaba a la mutua ruina, es unida por solo Cristo piedra angular.

 

Digamos, pues, todos: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 19, 38). Porque ningún premio compensa a la caridad. Por lo tanto se antepone a todo goce porque se convirtió en paz y en caridad, de la cual todas las virtudes obtienen su principio. Solo falta que los que componemos unánimemente un solo reino, nos presentemos a dar gracias a Dios, tanto por la estabilidad del reino terreno, como por la felicidad del celestial, para que el reino y la gente que glorificó a Dios en la tierra, sean glorificados por él, no solo en la tierra sino en los cielos. Amen

 

 

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© Fernando Gil - Ricardo Corleto, 2012
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