San Leandro de Sevilla 

(c. 536/38-600)

De institutione virginum et de contemptu mundi

 

            Según los estudios mas recientes, Leandro escribe la obra hacia el 580, antes de partir a Constantinopla, en calidad de desterrado por el rey Leovigildo y de legado de Hermenegildo, hijo del mismo y recientemente convertido al catolicismo. Como es sabido, Leandro trabará allí, una íntima amistad con el futuro papa Gregorio, quien le dedicará su comentario a Job o libro de los Morales. (cf. el texto en: Carta dedicatoria a Leandro, Obispo de Sevilla en los Libros Morales).

            El motivo de la obra está claro en el texto mismo. Va dirigido a acompañar la profesión monástica de su hermana Florentina y su vida futura como virgen consagrada al Señor. Tanto la carta introductoria como la regla está poblada de referencias personales a la familia de Leandro, sus padres, la infancia, sus hermanos, etc.

            Ofrecemos aquí una selección de las secciones mas significativas de la carta introductoria de Leandro y luego de la Regla en sí misma.

 

Bibliografía

Patrología latina 72, 873-894

Instrucción y Regla del B. San Leandro, Arzobispo de Sevilla a su hermana santa Florentina, traducida al castellano por el P. Martín de Roa, S.I. Impreso en Sevilla por Matías Clavijo, 1629. Ejemplar digitalizado de la Biblioteca de la Universidad de Granada, en: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, <http://adrastea.ugr.es/tmp/_webpac2_1109942.33041> [consulta: 07-09-2012].

Leandro de Sevilla, Santo, Regla de San Leandro / Regula Sancti Leandri, en: Santos Padres Españoles II: Reglas monásticas de la España visigoda. Los tres libros de las "Sentencias", editado por Julio Campos Ruiz Y Ismael Roca Meliá, Madrid, Texto biligue, Introducción, versión y notas de..., BAC, 1971, 8-76.

MADOZ, J., Una nueva transmisión del “Libellus de Institutione virginum” de S. Leandro de Sevilla, en: AB (1949) 407-424 (según un ms. De Monte Casino, nº 331)

Martyn, J. R. C., Saint Leander, Archbishop of Seville: A book on the teaching of nuns and a homily in praise of the Church, Lanham, Maryland, Lexington Books, 2008.

VEGA, Angel Custodio, El “De institutione virginum de S. Leandro de Sevilla, El Escorial, 1948 (según un ms. De la Biblioteca de El Escorial con diez capítulos y medio, inéditos).

Velázquez Arenas, J., Leandro de Sevilla: De la instrucción de las vírgenes y desprecio del mundo (traducción, estudio y notas), Corpus Patristicum Hispanium, 1, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1979.


Instrucción a las Vírgenes de San Leandro Arzobispo de Sevilla

para su hermana Santa Florentina

Selección de Textos

 

Leandro, en Cristo Dios, por su misericordia, obispo, saluda a su hija en Cristo y hermana Florentina.

 

Buscando yo, mi muy amada hermana Florentina, de que bienes o riquezas pudiera hacerte heredera, se me representaron varias cosas engañosas. Pero después de espantarlas de mí con la reflexión, como a moscas inoportunas, me decía a mi mismo: “El oro y la plata, tierra son y a la tierra vuelven; las heredades y rentas patrimoniales, son viles y perecederas pues pasa la apariencia de este mundo” (1 Cor. 7,31). Por eso, nada de lo que he visto en el mundo, hermana, lo tengo por digno de tu persona, ni me parece que haya cosas en él que puedan ser a proposito de las obligaciones de tu profesión. Todas las de esta vida mudables son, inconstantes, caducas y vanas. De donde vine a entender cuán cierta sea la sentencia de Salomón que dice: Hice grandiosas obras, edifiqué palacios suntuosos, planté viñas, jardines, huertas, puse en ellas todo género de arboledas con grandes estanques para regarlas. Tuve criados y criadas en mucho número, gran familia, copiosos rebaños de ganado, grandes crías de ovejas, cabras y vacas, mas que todos mis antecesores en Jerusalén. Amontoné mucha plata y oro, las riquezas de los Reyes y provincias. Junté capillas de cantores y cantoras y todos los entretenimientos y regalos de los hombres, vasos ricos y porcelanas para mis mesas y convites; finalmente aventajéme en todas estas obras a cuantos fueron antes de mi en Jerusalén (Ecl 2, 4-9). Todo el cual aparato y grandeza concluye diciendo: Y como me pusiese a mirar las obras de mis manos, mis trabajos y sudores, vi que todo era vanidad y fatiga del corazón y que debajo de ellos no había cosa segura ni firme (Ecl 2, 11). Y vuelve él mismo a decir: se me presentaron, todas aquellas cosas, en que con tan gran cuidado había trabajado, por tener que dejarlas después de mis días a un heredero, que ni sé si será sabio, si ignorante; y triunfará él a costa de mi sudor y trabajo, hecho dueño de todos ellos y qué cosa mas sin provecho. Por esto no pasé adelante, antes me resolví de no tomar semejantes cuidados o trabajos en mi vida (Ecl 2, 18-20).

 

Enseñado pues con tan Divino Oráculo, no me tuviera yo por tu verdadero Padre, hermana Florentina, si de tales bienes te enriqueciera, que ninguna firmeza tienen y que perdidos por algunos acontecimientos del mundo, te habían de dejar desaparada y pobre. Te cargarán también de pesados cuidados, temores y miedos, si pensara darte lo que podía robar el ladrón, roer la polilla, comer la carcoma, abrasar el fuego, sepultar la tierra, gastar el agua, secar el sol, afear la lluvia y quemar el hielo.

Y, en efecto, no cabe duda que, enredado el espíritu en estos negocios humanos, se va apartando de dios y acaba por alejarse de la norma inconmovible y permanente de la verdad. Ni es capaz tampoco de dar cabida en sí mismo a la dulcedumbre del Verbo de Dios y a la suavidad del Espíritu Santo; y el corazón, se ve agitado con tantos obstáculos mundanos y acribillado con tantas espinas de inquietudes temporales.

 

Por eso, si te aprisionara con estos lazos, si te cargare con tal cantidad de pesos y pensamientos de cosas mundanas, podrías tenerme, no como un padre sino como un enemigo, como un asesino y no como un hermano. Por lo tanto, queridísima hermana, dado que todo lo que se encierra bajo el cielo se apoya sobre cimientos de tierra, no he encontrado nada digno de tu tesoro. En lo alto de los cielos hay que buscarlo, de modo que topes con el patrimonio de la virginidad allí donde aprendiste su profesión.

¿Cual es entonces la herencia de la virginidad? No es aquella de quien dice el Salmista: El Señor es la parte de mi herencia; y en otro lugar: Mi lote es mi Señor (Sal 15, 5; 118, 57)?

 

Mira hermana lo que has conseguido y a cuanta alteza aspiras, que en solo Cristo has hallado muchos beneficios juntos. Tu esposo es tu hermano, tu amigo, tu herencia, tu rescato, tu Dios y Señor. En él tienes esposo a quien ames, hermoso sobre todos los hombres (Sal 44, 3). Él es el mas cierto y verdadero hermano que tienes. Por adopción eres hija del Padre, cuyo hijo él es por naturaleza. Es tu amigo, de cuya fidelidad no tienes que recelar, pues dice Una sola es mi amada (Cart 6.8). En él tienes cuanta herencia puedas desear, porque él es la parte que de ella te cabe. En él tienes el rescato que debes reconocer, porque su sangre es el precio de tu redención. En él tienes a Dios que te rija y Señor a quien reverencies y honres.

 

Suelen los que toman mujer, asignar una dote, ofrecer regalos y, a cuenta de perder la integridad, etregar su patrimonio, de modo que más parece que han comprado que tomado esposa. Tu esposo, ¡oh Virgen!, te entregó como dote su porpia sangre; con ella te redimió, con ella te unió a sí, de modo que sin perder la entereza, paseas la recompensa. Cuanto más espléndida es la merced de la dote, tanto más sin medida es el amor.

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No tengo palabras, hermana muy amada, para exponer con mis palabras los grandes premios que tiene la Virginidad, porque es un don inefable que ni vieron los ojos, ni los oídos oyeron, ni cupo en pensamientos de hombres. Ya ustedes son, en alguna manera, lo que todos los santos esperan ser después de la Resurrección de toda la Iglesia.

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Ustedes son las primicias ofrendadas del cuerpo de la Iglesia; ustedes son la oblación grata a Dios y consagrada en el altar sagrado, sacada de toda la masa del cuerpo de Cristo. Pues, gracias a la profesión que han hecho y a su fe, toda la Iglesia ha obtenido el título de virgen, ya que ustedes son la parte mejor y más preciosa por haber consagrado la integridad del cuerpo y alma a Cristo.

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Se llena de gozo también maría, la madre del Señor, cima y modelo de la virginidad, madre de incorrupción que te ha engendrado con su ejemplo sin perder su integridad, te alumbró con su enseñanza y no conoció el dolor. Concibió al Esposo y es virgen. Todos los días da a luz nueva esposas y es virgen. Dichoso el vientre que pudo engendrar sin perder su integridad. Buenaventurada la fecundidad que con su alumbramiento pobló el mundo, adquirió en herencia los cielos sin despojarse del velo de la virginidad. Ha de arder tu corazón, hermana mía con el fuego que Cristo envió a la tierra. Que su llama te despierte y puedas fijar tu ojos en el coro de la vírgenes que acompañan a María.

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La virginidad es fruto del matrimonio, puesto que del matrimonio nacen las vírgenes; y, si éstas se conservan sin corrupción, resultan una recompensa de las nupcias. Tienen los matrimonios motivos de gozo si los frutos de su unión se guardan en los graneros del cielo. También tú querida hermana acercentarás los méritos de nuestros padres; ambos serán recompensados con tu gloria, y, siendo tu su hija que se entrega a Cristo, ellos recibirán en su fruto lo que perdieron en el germen.

 

Que no se admitan mujeres seglares entre las religiosas

 

1. Te ruego, hermana Florentina, que no admitas en tu amistad a mujeres que no tienen tu misma profesión, pues ellas te van a aconsejar lo que es objeto de su amor, y al oído te susurrarán los vanos deseos en que viven inmersas. ¡Ay de mí, hermana! Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Con el virtuoso, virtuoso serás, y con el perverso, te pervertirás.

 

2. ¿Qué pueden hacer en común una casada y una virgen? Aquella no sigue tus pasos, ya que se entrega al amor de su esposo; rechaza tu profesión, y, aunque simule tenerla en estima, miente para engañarte. ¿Qué puede tener en común contigo la que no lleva sobre su cuello el yugo de Cristo? Cuando los hábitos son distintos, lo son también los sentimientos.

 

3. Como instrumento de Satanás, te elogiará en su canto lo que pueda hacerte excitantes los atractivos del siglo y te encamine por los senderos del diablo. Huye de los cantos de sirenas, hermana mía, no sea que, por escuchar complacida e interesada los goces mundanos, te desvíes del camino recto y tropieces a la diestra con un escollo, o seas engullida a la siniestra por el abismo de Caribdis.

 

4. Huye de los cantos de sirenas y protege tus oídos contra la lengua de las que sugieren la iniquidad. Defiende tu corazón con el escudo de la fe, si ves a alguna desacorde con tu género de vida, y arma tu frente con la insignia de la cruz contra la que se burle, hostil, de tu profesión.

 

La virgen debe huir del trato con varones.

1. Ya puedes comprender, hermana, cómo habrás de evitar el trato de varones, si con tanta solicitud debes apartarte de las mujeres del siglo. Todo varón, por virtuoso que sea, tendrá vedada cualquier familiaridad contigo, no sea que por el continuado trato del hombre se desacredite o se arrumbe la virtud de uno y otra. Se aparta, pues, del amor a Dios la que proporciona a otros ocasión de perpetrar una mala acción; y se aparta del amor al prójimo la que, aun cuando no obre mal, fomenta no obstante la propagación de falsos rumores.

 

2. Efectivamente, cuando hombre y mujer se encuentran juntos en un lugar, se sienten excitados por el instinto con el que nacieron, y la llama natural de la concupiscencia prende si se ceba en algo presto a la combustión. ¿Quién guardará fuego en su seno y no se quemará?. Fuego y estopa, elementos contrarios entre sí, cuando se juntan producen llamas. Los sexos masculino y femenino son distintos, pero si se juntan tienden hacia donde les llama la ley natural.

 

La virgen debe evitar el trato con jóvenes.

1. Y si con tanta atención se ha de evitar el trato de varones virtuosos, para que no reciban agravio las buenas costumbres de ambos, ¿cómo no habrán de huirse los jóvenes que recorren el tenebroso camino de la vida mundana? A éstos el diablo los presenta y sitúa ante los ojos de la virgen, para que sueñe durante la noche con la figura de los que contempló a lo largo del día.

 

2. Y, aunque la reflexión se oponga a esto y rechace de la mente tales imaginaciones, sin embargo la reciente visión y consideración de aquellos cuerpos sigue sugiriendo a su memoria las imágenes que en el instante de verlos captó; de manera que, si bien tal representación no aporta mucho deleite a su espíritu, se le reproducirá durante el sueño lo que contemplaron sus ojos.

 

3. Y de tal forma atraviesan el pecho de la virgen los dardos del demonio y clavan en su corazón un amor funesto, que con afán desea ver de nuevo al siguiente día el objeto de sus sueños; y la huella de Satanás se le va introduciendo hasta lo más profundo del corazón por las ventanas de los ojos, como dice el profeta: La muerte penetró por nuestras ventanas. Pues no se desliza el diablo al interior del alma, sino a través de los sentidos corporales.

 

4. Si contemplas algún hermoso ser que mueve tu concupiscencia, si tus oídos se deleitan con una torpe canción, si tu olfato se impregna de un olor fragante, si estimula tu gusto un sabor placentero, si acaricia tu piel una figura suave y delicada, en tales casos el deleite sensual excita el apetito de la carne.

 

5. Ambos sexos son, en efecto, obra de Dios. Los varones, por tanto, han de ser amados como obra de Dios que son, incluso aun cuando estén ausentes, pero por sus buenas acciones y por Dios, que los creó, no por la hermosura de su cuerpo ni la elegancia de su aspecto, ya que su cuerpo se ha formado de tierra cenagosa y con ella se manchará de nuevo cuando regrese a su seno.

 

6. ¿Quieres tener de esto un testimonio fidedigno? ¿Quieres comprobar en qué consiste esa carne tan hermosa? Desciende a la realidad. Si examinas, a los tres días de enterrada, a la que resplandecía de hermosura en el mundo, verás cuán horrible yace en su sepultura. ¿Acaso no se estremecen al verla convertida en tierra . y manantial de gusanos aquellos ojos que ansiaban contemplarla en vida?

 

7. Y el olfato, que se recreaba con el aroma que exhalaba viva, huye ahora de su fetidez. Guárdate, pues, de inferir graves ofensas a Dios bajo pretexto de amar su obra. Todo lo que Dios ha creado es bueno, pero Él ha de ser amado sobre todas las cosas. Recuerda al emblema de la virginidad, prez de vuestra profesión, modelo y guía de las vírgenes, María.

 

8. Por esta razón se cree que mereció su porción de eternidad: por haber declinado el trato con varón, porque el ángel la encontró sola, y ella se asustó en su presencia del sexo viril que él representaba y del que ella huía. Pero, ¿por qué tal cosa? Considera adónde llega por evitar el trato" de varones: a ser la madre de Cristo.

 

9. También tú, si de tus ojos apartas las imágenes varoniles que subyugan el corazón, si te recluyes en tu celda en la sola compañía de pensamientos virtuosos, si te apartas del ruido y tumulto del siglo, comprobarás que en el silencio y la esperanza estribará tu fortaleza; tú también, insisto, lograrás aprisionar a Cristo en tu corazón, Él descansará en tu morada y gozará de tus brazos.

 

10. Y entonces podrás decir con el profeta. Venga la paz y descanse en su aposento. En efecto, nuestra paz es Cristo y su aposento el corazón puro.

 

La virgen debe servir a las otra vírgenes

1. Procura aliviar a la hermana enferma con solicitud y delicada atención. Recuerda lo que llemos en las epístolas de los apóstoles ¿Quién enferma sin que yo enferme también? (2 Cor 11, 29). En estas obligaciones guarda la regla de tu esposo, de quien está escrito: Realmente soportó él nuestras dolencias y cargó sobre sí con nuestros trabajos (Is 53, 4).

 

2. Así que también, a imitación suya revístete de sentimientos de compasión; considera como propias las enfermedades y dolencias de tus hermanas, para que llegues a escuchar las palabras del Señor que experimentó en su cuerpo las heridas y alibios de los suyos: Estuve enfermo y me visitasteis (Mt 25, 36). Y también merrezcas oír a continuación lo que sigue: Vengan benditos de mi Padre, reciban el reino que les está preparado desde la creación del mundo. (Mt 25, 34).

 

3. Lo primero, pues, que la enferma se alivie con la suavidad de tus palabras. Después presta un servicio benévolo y solícito a las exigencias de su cuerpo para remedio de la enfermedad, de modo que tus palabras sean apreciadas por la enferma como la aplicación de una medicina.

 

De la reciprocidad en el amor

1. Paga la deuda de amor a las que te muestren amor, de modo que ames con mayor afecto que eres amada. En cambio, no debes odiar alas que te quieren mal, sino al contrario, devuelve bien por mal, y recompensa con amor la malquerencia, para vencer el mal con el bien: Amad a vuestro enemigos, dice el Señor y favoreced a los que os odian (Mt 5, 44).

 

2. Con esa benignidad atraerás a sentimientos de concordia a la discordante, si devuelves el bien con ocasión del mal y practicas la caridad sincera con la que con su odio te compelía a hacerle mal; de ese modo la que es maliciosa entrará en el número de las buenas antes que tú.

 

La virgen ha de ser pudorosa

1. Presta suma atención y pon todo tu interés, hermana, en adornar todas tus acciones con la virtud del pudor. Cuanto de bueno lleve a cabo la virgen, debe practicarlo con pudor y recato dignos de encomio: el pudor es como la madre que nutre todas las demás virtudes de la virgen. El pudor hace que la virgen no sea irritable, sino paciente; que no sea insolente en su manera de hablar, sino suave.

 

2. El pudor impide que la virgen caiga en soberbias arrogancias. El pudor refrena a la virgen y la lleva a practicar la virtud de la humildad. El pudor estimula a la virgen a mantener equilibrada templanza. El pudor tratan de conservarlo las que son virtuosas; en efecto, la virgen que se aparta de todo vicio., protegida por el dique del pudor, se anima a la consecución y práctica de las virtudes.

 

3. En fin, que hasta el propio movimiento corporal de la virgen gana en honestidad con el pudor, y no va mostrando el rostro con descaro por doquier, ni alza los ojos sin recato, ni cae en conversaciones deshonestas, ni se mancha con turbias miradas. En cualquier situación, las ligaduras de la modestia le sirven de freno y la cubren con su velo; la libertad y la autoridad, que con frecuencia cuadran bien al varón, se reputan en una virgen como vicio, si no las modera el pudor.

 

Del vestido de las vírgenes

1. He aquí, hermana, lo que hemos vertido en estas páginas de nuestro libro. A todo ello le debes buscar acomodo en el interior de tu espíritu, mi queridísima Florentina, y adornarlo con las flores de las más variadas virtudes. Para tu alma aspira a un tipo de vestido que agrade al Hijo único del Padre celestial, y, desdeñando el esplendor del cuerpo, engalana tu espíritu exclusivamente con costumbres piadosas, con objeto de producir desagrado a las miradas de los hombres carnales justamente en aquello con lo que los carnales se procuran mutuo placer; a la vez, con sumo interés, debes tender hacia lo que te confiere hermosura ante los ojos de Dios.

 

2. Porque estarás realmente embellecida cuando prefieras el hábito interior al exterior; irás elegantemente ataviada cuando corras no tras el esplendor del vestido, sino tras la pureza del espíritu. Pues el ponerse vestidos magníficos, en los que ni por delante ni por detrás se muestra alojo curioso arruga alguna, de modo que no se formen bolsas, vestidos seleccionados con primor, diseñados escrupulosamente y adquiridos a elevado precio, es preocupación carnal, es concupiscencia de los ojos.

 

3. Tú, por tu parte, usa vestidos que te muestren inocente ante Dios, no que te avaloren y te den distinción ante los hombres, para que por tu sencillez en el vestir se advierta la integridad de tu alma virtuosa. Te ha de producir terror el profeta cuando increpa y acusa con esta terrible expresión a las vírgenes incautas y arrogantes en el andar:

 

4. Por haberse enorgullecido las hijas de Sión y haber caminado con el cuello estirado, haciendo guiños con los ojos y batiendo palmas, caminando a pasos desiguales, el Señor hará caer el cabello a las hijas de Sión hasta dejar sus cabezas sin un pelo. y en vez de perfume, prosigue, habrá fetidez,. en vez de ceñidor, un cordel, y en vez de cabello ensortijado, calvicie.

 

5. Ante semejantes palabras del oráculo, ponte vestidos que cubran el cuerpo, que velen tu pudor virginal, que te defiendan de los rigores del frío, no que exciten el cebo y estímulo de la concupiscencia carnal. Has de aventajar a tus hermanas en virtudes del alma, no precisamente en el vestir.

 

Cómo debe usar el baño la virgen

1. No te has de bañar por gusto o por dar hermosura a tu cuerpo, sino tan sólo como remedio para la salud. Es decir, que usarás el baño cuando la enfermedad lo exija, no cuando el placer lo apetezca. Si lo tomas cuando no sea preciso, faltarás, pues está escrito: No pongáis vuestra solicitud en la concupiscencia de la carne.

 

2. La solicitud carnal que proviene de la concupiscencia se conceptúa como vicio; no, en cambio, los cuidados

necesarios para restablecer la salud. Por tal motivo, que no te arrastre a bañarte con frecuencia el placer corporal,sino sólo las exigencias de la enfermedad. y estarás libre de culpa si únicamente obras por imperativo de la necesidad.

 

Es pecado que una virgen ría con descaro

1. Muéstrate gozosa en Dios, pero con serena y moderada alegría de espíritu, tal como aconseja el Apóstol: Alegraos siempre en el Señor; os lo repito: alegraos. y en otro pasaje dice: El gozo es fruto del espirtitu. Este gozo no te perturba el espíritu con el denigrante espectáculo de la risa, sino que levanta en tu alma deseos de aquel reposo celestial, en el que podrás escuchar: Entra en el gozo de tu Señor.

 

2. En la risa se demuestra de ordinario lo que es el corazón de la virgen, pues nunca reirá con descaro si tiene el corazón casto. El rostro es el espejo del corazón: no ríe a tontas ya locas sino la que es libertina. De lo que abunda en el corazón, dice el Señor, habla la boca. Luego la risa que se adueña del rostro de una virgen procede de la vanidad de que está repleta su alma.

 

3. Escucha lo que podemos leer sobre esto: A la risa la consideré locura, y dije al gozo: ¿Por qué te engañas en vano? y en otro lugar se lee también: En la risa se mezcla la aflicción, ya la alegría sucede la congoja. y dice el Señor: Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. El Apóstol, por su parte, advierte a quienes ríen atolondrados: Conviértase en llanto vuestra risa.

 

4. Huye, pues, de la risa, hermana, como de una locura y transforma en llanto las alegrías del siglo para que logres la justificación, llorando tu destierro en este mundo, porque los que lloran conforme al precepto de Dios son felices y hallarán consuelo. Ten presente que estás peregrinando por la vida y no tienes aquí la patria, sino en el cielo.

 

5. Si aquel siervo de Dios ardía en deseos tales que le llevaban a exclamar: Deseo morir para estar con Cristo, ¿con qué fuego de amor no habrá de inflamarse la virgen ? ¿Cuán copiosas lágrimas no deberá derramar por la ansiedad que siente de Cristo, su esposo, mientras no pueda llegar a abrazarle, lágrimas que brotarán incesantes hasta el momento en que se una a Aquel a quien ansía contemplar?

 

6. Por sentirse desterrado en esta vida se lamentaba aquel que, entristecido, clamaba : ¡Ay de mí, que he prolongado mi destierro! En efecto, el esposo celestial te acogerá con júbilo en amoroso abrazo al verte arder en deseos de Él, y, si deploras su ausencia, cuando te halles a su lado recibirás consuelo.

 

De la tolerancia y prohibición de carne

1. A la vista de tu debilidad, no me atrevo ni a prohibirte ni a permitirte el uso de carne. La que tiene suficiente vigor debe abstenerse de tomarla, pues es duro en extremo nutrir al enemigo contra el que se ha de luchar y alimentar la propia carne para que se torne rebelde. Y es que, si la virgen se sirve de los mismos manjares que los seglares, producirá la impresión de que en sus obras se conduce como aquellos.

 

2. ¿Qué otra cosa podrá hacer un cuerpo alimentado de carne, sino estallar en concupiscencia y caer en el desenfreno con la lamentable barbarie de la lujuria? Por eso dice un autor: "El fin de los placeres es la. corrupción". Y el Apóstol describe a la viuda voluptuosa en estos términos: La viuda que vive entre placeres, aunque viva, ya está muerta.

 

3. Si apenas podemos apartar al cuerpo debilitado por la abstinencia de la ley del pecado que anida en nuestros miembros, ¿qué le sucederá a la que cultiva la tierra de su carne de forma tal que le produce espinas y abrojos? Alimentarse de carnes es incentivo de vicios; y no sólo de carnes, sino el exceso de cualquier otro alimento.

 

4. porque no es la calidad del manjar lo que se reprueba como vicio, sino la cantidad. Todo lo que se toma en exceso grava el espíritu, y el estómago debilitado por el alimento abundante en demasía embota los sentimientos del alma. La virgen simplemente ha de estar sana, no robusta; su rostro debe aparecer pálido, no sonrosado. La que envía desde su corazón suspiros al Señor no puede eructar por la indigestión de alimentos.

 

5. Resérvese el uso de carne para quienes precisan fuerza corporal, por ejemplo para quienes extraen metales de las minas, luchan en los campos de batalla, construyen edificios elevados y, en general, para aquellos de cuyo cuerpo mana el sudor al ejercer sus oficios; a éstos les es imprescindible tomar carne para reparar sus fuerzas. La virgen que sabe sobrellevar las deficiencias de su cuerpo mejor que si poseyera una salud vigorosa, es en verdad una virgen excelente.

 

6. ¿Con qué objeto va a tomar carne si no es para inundar su cuerpo miserable con toda la inmundicia de los vicios? Sin embargo, si la enfermedad la obliga a ello, podrá tomarla como medicina, es decir, comiendo la cantidad precisa para su remedio, sin llegar al exceso. En efecto, los peritos en esta ciencia aplican gradualmente las medicinas, de manera que no recarguen al enfermo, sino que lo alivien. De ahí se infiere que es muy cierta sentencia de los filósofos: "Nada en exceso".

 

La virgen debe perseverar en el monasterio donde empezó

1. De veras te aconsejo que perseveres siempre en el Monasterio, porque aprovecharás en compañía de muchas y viendo las virtudes de las otras te harás virtuosa. Que si acaso por la diferencia de voluntades, se levantaren en el Convento algunos bandillos y las murmuraciones de las desaprovechadas causaren pena en las espirituales, no faltarán otra a quien puedas imitar en sus buenas obras.

 

2. Y es cierto argumento de probada virtud sufrir las carnales y poco aprovechadas; mas el imitar las espirituales es señal de lo que esperamos en la otra vida. Mucha materia dan de paciencia aquellas a estas otras; y las buenas religiosas dan ejemplos de muchas virtudes. Con ello las unas y las otras son útiles a las aprovechadas. Así la que sufre con paciencia, como las que imitan con gusto.

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Se debe huir de la vida individual

1. Te ruego que huyas de vivir sola; no imites a las doncellas que vivien en la ciudades en sus casas privadas, cuidadosas de parecer bien al mundo y de no quedar mal vistas cuando aparecen en público. El interés por agradar al mundo las lleva a no presentarse con vestidos pobres; luego abrumadas por las preocupaciones domésticas, mientras se ocupan de atender a su sustento, descuidan las cosas del servicio de Dios.

 

2. Esta manera de vivir en casas particulares, permitieron en la Iglesia los apóstoles, imitando el uso de los gentiles, a quienes, mientras no pudieron reducir a su manera de vida, autorizaron a vivir como particulares y usar de sus propios bienes. Pero los que de los hebreos recibieron la fe ne tiempo de los Apóstoles, guardaron la misma manera de vida que ahora guardan los monasterios. Mira lo que se lee en los Hechos de los Apóstoles y hallarás ser verdad lo que te digo: La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos. Ninguno padecía necesidad, porque todos los que poseían tierras o casas las vendían, y ponían el dinero a disposición de los Apóstoles, para que se distribuyera a cada uno según sus necesidades (Hch 4, 32. 34-35).

 

3. Considera que los que viven en los monasterios, regularmente tienen la misma vida que los Apóstoles y así no dudan de que alcanzarán los premio de aquellos, cuyos ejemplos imitan.

 

Final del discurso, despedida y últimos consejos

Ya camino al puerto, la nave de este discurso, y una vez recorrido el mar de nuestras enseñanza, echamos el ancla en la costa para descansar. Pero impulsado por el aliento de tu caridad, vuelvo a hacerme a la vela entre las olas de mis razonamientos. Te ruego, hermana Florentina por la trinidad celestial del Dios único, que pues saliste de tu tierra y de entre tus parientes, como Abrahán, no vuelvas la vista atrás, como la mujer de Lot, no vayas a ser un mal ejemplo y precedente para el bien de otras y no vean en ti el mal de que deben guardarse. Aquella mujer, se convirtió en sal de prudencia para otros y en estatua de necedad para sí; su mala acción le perjudicó a ella y a los demás les fue útil el escarmiento.

 

No te ha de halagar la idea de volver con el tiempo al país natal, de donde no te hubiera sacado Dios si hubiera querido que allí habitaras; pero porque previó que sería conveniente a tu vida religiosa, con acierto te sacó, como a Abraham de la Caldea y a Lot de Sodoma. Al fin, yo mismo reconozco mi error. ¡Cuántas veces, hablando con nuestra madre y deseando saber si le gustaría volver a la patria, ella que comprendía que había salido de allí por voluntad de Dios para su salvación, exclamaba, poniendo a Dios por testigo, que ni quería verla ni había de ver nunca a aquella tierra! Y con abundantes lágrimas añadía: “Mi destierro me hizo conocer a Dios; desterrada moriré y he de ser sepultada donde recibí el conocimiento de Dios”. Pongo por testigo a Jesús de que esto es lo que recuerdo haber oído de sus deseos y aspiraciones; que aunque viviera largos años, no volvería a ver aquella su tierra.

....

Por último te ruego, ya que eres mi queridísima hermana de sangre, que me tengas presente en tus oraciones y no te olvides del hermano menor Isidoro, que nos encomendaron nuestros padres a los tres hermanos supervivientes bajo la protección divina cuando, contentos y sin preocupación por su niñez, pasaron al Señor. Y puesto que lo amo como hijo, y prefiero su cariño a todas las cosas temporales y descanso reclinado en su amor, ámalo con tanto más cariño y ruega por él tanto más cuanto más tierno era el amor que le tenían los padres. Seguro estoy de que tu plegaria virginal inclinará hacia nosotros los oídos de Dios.

Y, si guardares la alianza que has pactado con Cristo, se te dará la corona y a mí el perdón de mis pecados. Y, si perseverares hasta el fin, te salvarás. Amén.

 

 

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© Fernando Gil - Ricardo Corleto, 2012
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