San Gregorio Magno, Papa

(c. 540 – †12 de marzo de 604)

Carta dedicatoria de los Libros morales ("Moralia in Iob")

a Leandro Obispo de Sevilla

 

Los Libros morales («Moralia in Iob») es la obra más importante y extensa de san Gregorio Magno. Fue iniciada en Constantinopla hacia el año 583, a petición de Leandro, obispo de Sevilla, y de un grupo de monjes que deseaban escuchar del entonces diácono Gregorio una explicación sobre el Libro de Job. La obra fue terminada siendo ya obispo de Roma, hacia el 597.

Transcribimos aquí la Carta dedicatoria  que al decir del Card. H. de Lubac constituye en cierto sentido un manifiesto metodológico de la exégesis gregoriana. (1) La edición crítica latina ya definitiva de los Moralia in Iob fue hecha por M. Adriaen en el Corpus Christianorum Latinorum, 143, 143A, 143B (Brepols Turnhout 1979-1985). La primera edición castellana sobre este texto latino crítico es la de José Rico Pavés, Editorial Ciudad Nueva (Madrid 1998) (2).


San Gregorio Magno, Romano Pontífice, Libro de las Morales o exposición sobre el Libro de Job

 

Gregorio, Siervo de los siervos de Dios,

al Reverendísimo y Santísimo hermno Leandro

Compañero en el Episcopado

 

1. Hace ya tiempo, queridísimo hermano, que, tras conocernos en la ciudad de Constantinopla, en la que retenían responsabilidades de la Sede Apostólica y a la que te había llevado la delegación en favor de la fe de los visigodos, expuse a tus oídos todo lo que no me agradaba de mi vida pasada; cómo durante largo tiempo había retrasado la gracia de la conversión y cómo, después incluso de haber sido inflamado en el deseo de las realidades celestiales, consideré mejor conservar el hábito secular. Ya entonces se me hacía manifiesto el amor de la eternidad que yo buscaba, pero una arraigada rutina me sometía para no cambiar mi exterior forma de vida. Y aunque mi espíritu se esforzaba ya en servir al mundo presente sólo exteriormente, los numerosos cuidados de este mismo mundo empezaron a crecer en mi contra, hasta el punto de que ya no sólo me retenían en lo exterior, sino que, lo que es aún más grave, también ocupaban mi mente. Huyendo con cuidado de todo eso, me dirigí finalmente al puerto del monasterio y abandonadas las cosas de este mundo -como en vano creí entonces-, desnudo, escapé del naufragio de esta vida.

Suele ocurrir, sin embargo, que al arreciar la tempestad, las olas también agitan a al nave amarrada con descuido en el seguro dique de una bahía. También yo, de repente, bajo el pretexto de la orden eclesiástica, me encontré en la alta mar de los asuntos seculares. Perdí la quietud del monasterio porque no la retuve con fortaleza cuando debía haberme asido estrechamente a ella; fue entonces cuando aprendí a valorarla. Y así, recibí el ministerio del sagrado altar en virtud de la obediencia. Acepté con la convicción de que de este modo serviría mejor a la Iglesia; pues si no hubiera sido algo condenable, me hubiera apartado de él huyendo de nuevo. Después de esto, cuando ya ejercía el grave Ministerio del Altar, sin yo querer y a pesar de mis resistencias, cayó sobre mí la carga del cuidado pastoral. Carga ésta que soporto con gran dificultad porque me siento incapaz de sobrellevarla y no hallo sosiego en la consolación que nace de la confianza. Y ya ves, en tiempo azotados por males crecientes que anuncian estar próximo el fin del mundo, nosotros considerados servidores de los misterios de la vida interior, andamos envueltos en preocupaciones exteriores.

En el tiempo en que accedí al ministerio del altar con el fin -que yo ignoraba-, de que luego aceptara el peso del orden sagrado, pude mantener más libremente la vigilancia en un palacio terrenal, lugar al que me siguieron muchos hermanos del monasterio unidos a mí por una fraterna caridad. Ahora veo que esto sucedió gracias a una disposición divina para que por medio del continuo ejemplo de los monjes permaneciera amarrado, como la soga de un ancla, a la tranquila orilla de la oración en momentos en que los vaivenes incesantes de los asuntos seculares me podían hacer fluctuar. Como en la segura bahía de un puerto, me refugiaba en su compañía del torrente de tareas y agitaciones terrenas, y aunque aquel ministerio que me había apartado del monasterio había puesto fin a la tranquila vida de antaño con la espada de sus afanes, sentí que estando con ellos el espíritu de compunción me animaba, gracias también al comentario diario que hacíamos a partir de una atenta lectura de la Palabra de Dios.

Fue entonces cuando aquellos hermanos, forzados por ti -como tú mismo recordaste-, me pidieron con inasistencia que les expusiera el Libro del santo Job y les descubriera sus profundos misterios, en la medida que la Verdad me infundiera fuerzas. Añadieron, además, a su gravosa petición el que no me limitara a examinar el sentido alegórico del relato, sino que fuera más allá de la alegría mostrándoles sus aplicaciones morales; querían también lo que es aún más difícil, que apoyara cada afirmación con otros textos y que si éstos no eran suficientemente claros, añadiera ulteriores explicaciones.

2. Cuando me puse ante este libro oscuro, nunca comentado antes de mí, me encontré con tantas y tales dificultades que, vencido por el peso de la petición -lo confieso-, creí sucumbir por el abatimiento. De repente, confundido entre el temor y el compromiso, alcé los ojos al Dador de bienes, dejé a un lado mi apatía, y comprendí al momento con certeza que no podía ser imposible lo que me pedía la caridad nacida de corazones fraternos. No es que me sintiera ya capaz de hacerlo, sino que mi misma desconfianza hizo que levantara con más fuerza mi esperanza hacia Aquel que soltó la lengua de los mudos, que hizo expresiva la lengua de los niños y que en los repetidos y toscos rebuznos de un asno hizo percibir las articulaciones inteligentes de la conversación humana. ¿Qué hay, pues de admirable en que conceda inteligencia a un hombre necio, Él que, cuando quiso, expuso su verdad por boca de animales?

Armado con la fuerza de este pensamiento, espoleé mi propia avidez y me puse a indagar en fuente de tanta profundidad. Y aunque la vida de los que me empujaban a tal exposición superaba en mucho la mía, no consideré nocivo el que una cañería de plomo suministrara el agua necesaria a esos hombres.

En seguida, pues, expuse en presencia de aquellos hermanos los comienzos del libro que tenían ante sus ojos y, como encontrara un poco de tiempo que dedicar a esa tarea, les fui dictando los capítulos siguientes. Cuando dispuse de mayores espacios de tiempo amplié numerosas notas, quité algunas, otras las dejé como estaban; corregí algunos de los párrafos tomados directamente de mi locución y ordené todo distribuyéndolo en libros procurando con cuidado acomodar el estilo de los capítulos que escribí al final con las exposiciones iniciales. A partir de una atenta revisión, procuré que lo que había pronunciado oralmente adquiriese la forma de un comentario escrito y lo que había puesto por escrito no se distanciara mucho de una exposición coloquial. Así, amplié una parte y otra la reduje, de modo que lo que originariamente era heterogéneo formara un todo homogéneo, aunque la tercera parte de la obra la dejé casi como había salido en nuestro coloquio porque mis hermanos me encomendaron otros asuntos y no me dejaron corregirla más profundamente.

Quise atender las muchas peticiones de los que me preguntaban ora por el sentido literal, ora por el sentido que nace de elevarse en contemplación, ora por la aplicación moral. Estructuré, entonces, la obra en treinta y cinco capítulos agrupados en seis partes. Puede parecer que he descuidado el sentido literal por dedicarme más ampliamente al comentario del sentido místico y moral. Todo el que habla de Dios debe, sin embargo, escudriñar lo que mejora el comportamiento de sus oyentes y debe considerar que ha hablado rectamente si, cuando hay oportunidad para la edificación, se ha apartado, con provecho, del tema que empezó a tratar.

El que comenta la palabra sagrada debe comportarse como un río. Cuando un río, en efecto, a lo largo de su curso se encuentra con valles profundos se precipita en ellos con ímpetu y sólo cuando los llena suficientemente reemprende entonces su carrera. Así debe actuar también el comentador de la Palabra de Dios: cuando hable sobre un tema cualquiera, si encuentra ocasión para una adecuada edificación, debe desviar las aguas de su palabra al valle más cercano y volver al cauce del tema propuesto sólo cuando haya regado suficientemente el campo de esa enseñanza añadida.

3. Además, se ha de tener en cuenta que pasamos por ciertos pasajes mediante el sentido histórico; de otro analizamos el sentido típico por medio de la alegoría; otros los abordamos únicamente con el auxilio de la alegoría moral; existiendo, finalmente, algunos pasajes que son tratados simultáneamente por ese triple modo. De esta forma, ponemos primero el fundamento de la historia; luego, por el sentido típico, construimos a partir del edificio de nuestra alma el baluarte de nuestra fe; y, por último, con el toque de la moralidad, vestimos la construcción dándole colorido.

¿Qué son las Palabras de la Verdad sino alimentos para restaurar el alma? Variando con frecuencia el modo de nuestra exposición ofrecemos al paladar un plato tal que el lector, invitado como nuestro comensal, no siente hastío, ya que al considerar la variedad de alimentos que se le ofrece, escoge aquello que juzga mejor.

En nuestra exposición hemos descuidado unas veces exponer las palabras del relato que ya son claras para evitar encontrarnos luego en situaciones oscuras; otras veces, sin embargo, esas palabras no se pueden entender a la letra, pues una lectura superficial de las mismas, en lugar de instruir al lector, le lleva al error. De ahí que se diga por medio de Job: Bajo Él se inclinan los que llevan el mundo (Jb 9, 13). ¿Quién ignora que tan ilustre varón no hace caso a las burdas fábulas de los poetas y no cree que la masa del mundo la sostenga el sudor de un gigante? Oprimido por las desgracias, dice Job en otro lugar: Mi alma prefiere al horca y mis huesos la muerte (Jb 7, 15). ¿Quién creerá, siendo sensato, que varón tan insigne -del cual consta claramente que recibió del Juez interior el premio por la virtud de la paciencia-, decidiera en medio de su desgracia ahorcarse dando fin a su vida?

En otras ocasiones, puesto que ciertos pasajes no se deben entender a la letra, se impugnan las palabras mismas del sentido literal. Por eso se dijo: Perezca el día en que nací y la noche en que se dijo: "Se ha concebido un hombre" (Jb 3, 2); añadiendo en seguida: Una gran niebla lo cubra y lo envuelva la amargura; para continuar poco después maldiciendo aquella noche: Sea aquella noche solitaria (Jb 3, 5.7). El día de su nacimiento, perdido por el mismo correr del tiempo, no podía subsistir. ¿Cómo, pues, podía desear que fuera envuelto en tinieblas? Una vez pasado, ya no existía; y si acaso subsistía en la naturaleza de las cosas, ni siquiera entonces hubiera podido sentir la amargura. Está claro, por tanto, que no se habla ni mucho menos del día físico, insensible, al que Job hubiera querido ver afligido por la amargura. Si la noche de la concepción había ya pasado junto con las demás noches, ¿cómo es que quiere que sea solitaria? Del mismo modo que no pudo sustraerse al correr del tiempo, así tampoco podía aislarse de las demás noches a las que estaba unida.

En otro lugar dice Job: ¿Hasta cuándo no me dejaréis, ni me permitiréis tragar mi saliva? (Jb 7, 19) Antes, sin embargo, había dicho: Lo que antes mi alma no quería tocar, por la necesidad se ha convertido ahora en mi alimento (Jb 6, 7). ¿Quién ignora que la saliva se puede tragar con más facilidad que el alimento? El que declara poder comer alimentos, niega -cosa muy increíble-, poder tragar la propia saliva. Se dice además: he pecado, ¿qué haré por ti, guardián de los hombres? (Jb 7, 20) y también: ¿Quieres que me consuman los pecados de mi juventud? (Jb 13,26). Para añadir, sin embargo, más adelante la siguiente respuesta: Nada me reprocha mi corazón en toda mi vida (Jb 27, 6). ¿Cómo puede su corazón no reprocharle nada en toda su vida, a quien declara públicamente haber pecado? No se pueden conciliar al mismo tiempo el obrar culpable y la irreprhensibilidad de corazón.

Por tanto, como no se pueden conciliar entre sí expresiones literales, es evidente que se ha de buscar en ellas otro sentido. Es como si esas mismas expresiones nos dijeran: "si veis que en nosotras lo superficial carece de significado, buscar en nuestro interior lo que es lógico y coherente".

4. También ocurre a veces lo contrario: quien no acepta las expresiones del relato a la letra, oculta la luz de la Verdad que se le ofrece, y cuando se empeña en encontrar en ellas un sentido más interior deja escapar lo que podía haber sido hallado por fuera sin ninguna dificultas. Por eso dice este santo varón: Si negué a los pobres lo que querían e hice languidecer los ojos de la viuda; si comí solo mi pan y no comió el huérfano de él; si desprecie al transeúnte que no tenía vestido y al pobre que no tenía con que cubrirse; si sus costados no me bendijeron y no lo calenté con la lana de mis ovejas.... (Jb 31, 16-20). Si nos empeñamos tozudamente en ver en este pasaje un sentido alegórico, vaciamos por completo de contenido las obras de misericordia. Y es que la Palabra divina, al igual que interroga a los doctos con sus misterios, también muchas veces reconforta a los sencillos con sus claros relatos. Con su claridad alimenta a los pequeños, con su profundidad deja perplejas las mentes de los más elevados. Es en verdad como un río, como ya he dicho, ancho y profundo, en el que tanto el cordero puede caminar, como el elefante nadar.

Por tanto, según pida la oportunidad de cada pasaje, se debe cambiar cuidadosamente la forma de la exposición, de modo que se alcance el verdadero sentido de la Palabra divina alterando el modo de interpretación según lo exija cada pasaje.

5. Te he enviado este comentario para que los revises. No es que lo juzgue digno de ti, pero ante tu petición, recuerdo habértelo prometido. Pido a tu santidad que todo lo que encuentres en él mediocre y vulgar me lo perdones con prontitud. pues no ignoras que esas faltas delatan mi condición de enfermo. y es que cuando el cuerpo se consume en el dolor, la mente se ve afectada y la expresión cuidada se resiente. Desde hace ya muchos años me veo atormentado por frecuentes dolores intestinales. A todas horas y en todo momento vivo afligido a causa de mi endeble estómago, y una fiebre tenue, pero continua, me tiene debilitado.

En este estado, medito solícito lo que afirma la Escritura: Dios azota a quien acoge como hijo (Hb 12, 6), y cuanto más duramente me oprimen los males presentes, más firme sosiego encuentro en la esperanza de los bienes eternos. Quizás fue un designio de la divina Providencia el que, abatido por el dolor, comentara la historia del también abatido Job, y comprendiera mejor, por mi padecimiento, la mente de uno que padece.

Resulta, sin embargo, claro a quien rectamente lo considere que el dolor corporal conlleva no pocas dificultades de cara a la realización de mi trabajo, pues cuando la fuerza física apenas permite desempeñar el ministerio de la palabra, la mente no puede expresar convenientemente lo que siente. ¿Cuál es, en efecto, la función del cuerpo, sino ser un instrumento al servicio de la interioridad humana? Así, por ejemplo, un músico virtuoso no puede manifestar sus dotes artísticas si no dispone de instrumentos externos que a ellas convengan, pues es evidente que una melodía, aún ejecutada por una mano diestra, no puede sonar bien con instrumentos desafinados, ni un soplo se convierte en melodía si la flauta está rota y chirría. ¡Cuán en entredicho queda la calidad de mi comentario! Con tan destrozado instrumento se desdibuja el encanto de un texto que ningún artista con su pericia puede igualar.

Te pido, por tanto, que al recorrer las líneas de esta obra no pretendas encontrar en ellas ampulosos discursos, ya que la Sagrada Escritura reprocha severamente la van y estéril verborrea de sus comentadores, al prohibir que se planten bosques en el templo de Dios. Todos sabemos bien que cuando la mata de la mies está repleta de hojas frondosas, la espiga lleva menos grano. De ahí que no haya prestado atención a ese arte del bien hablar que se enseña sólo con reglas externas. Pues tal como refleja el mismo estilo de esta carta, no rehuyo el martilleo del metacismo, ni evito la confusión de los barbarismos; desdeño observar el orden de las palabras, el modo de los verbos y el caso de las preposiciones porque sostengo decididamente que es indigno someter las palabras del oráculo celeste a las reglas de Donato. Jamás se han servido de ellas los comentadores que se apoyan en la autoridad de la Sagrada Escritura. Es en ella donde nuestro comentario tienen su origen, por eso, es justo que la descendencia así nacida procure parecerse a su madre.

Comento el texto de la nueva versión (3), pero cuando es necesario ofrecer una prueba, me valgo unas veces del testimonio de la versión antigua y otras del testimonio de la nueva. Como la Sede Apostólica -que presido por gracia de Dios-, utiliza ambas, mi investigación se apoya tanto en una como en otra.

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Notas

1. H. De Lubac, Éxegèse Médiévale, Paris 1993, I, 188 [arriba]

2. Véase una historia de las traducciones castellanas de los Moralia in Iob en la excelente introducción de la obra: Gregorio Magno, Libros Morales/1, Introducción, traducción y notas de José Rico Pavés, Biblioteca de Patrística, 42, Editorial Ciudad Nueva (Madrid 1988) 59-61. [arriba]

3. La Vulgata de San Jerónimo. [arriba]