(Fragmentos)
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El texto que
transcribimos a continuación reviste un gran interés histórico considerado
desde varios puntos de vista: Respecto a su autora; respecto también del
destinatario al cual la obra está dirigida y al género literario al cual el
texto pertenece; en relación, por último, a su contenido. Si no fuera por su Liber Manualis no conoceríamos nada
sobre la aristocrática “Dama Dhuoda”, ya que los cronistas contemporáneos,
quienes en repetidas ocasiones, mencionan a su Marido Bernardo, no transmiten
ninguna noticia sobre ella[2].
Dhuoda se desposó con el duque Bernardo de Septimania el 29 de junio de 824 en
la capilla palatina de Aquisgrán[3];
tanto ella como su esposo estaban emparentados con la alta aristocracia
carolingia; Guillermo de Gellone, padre de Bernardo, era primo hermano del
Emperador Carlomagno. El linaje de Dhuoda, en cambio, nos es desconocido,
incluso no sabemos a ciencia cierta el lugar de su nacimiento. No obstante, y
por el testimonio de la misma autora, sabemos que también ella descendía de un
linaje ilustre; ella misma lo afirma en su obra[4];
y la formación recibida, la cual queda testimoniada en el Liber Manualis, así como las ideas que se expresan en el mismo, dan
fe de que debió pertenecer a una familia encumbrada. Respecto a su lugar de
origen, nada nos permite establecer un
dato seguro; su nombre, sin embargo, es de origen germánico y bastante
común en la Galia septentrional; lo cual podría indicar que Dhuoda era de
ascendencia germánica y provenía de la región de Austrasia[5]. Poco tiempo después del casamiento
entre Bernardo y Dhuoda, el Rey Ludovico Pío (778-840) encargó a su marido el
cuidado de la Marca Hispánica a fin de que la defendiera de los sarracenos. De
hecho, al menos en el momento de escribir su tratado, Dhuoda se encontraba
confinada en la ciudad de Uzès, capital del condado de Gothia, ubicado en el
sudeste de Francia. Su hijo Guillermo nació el 29 de
noviembre de 826, contando con quince años cuando Dhuoda comenzó a escribir su
libro el 30 de noviembre de 841, poco después que su primogénito fuera
entregado por su padre al Rey Carlos el Calvo (823-877) como vasallo. El 22 de marzo del mismo año Dhuoda había
dado a luz a su segundo hijo, Bernardo, del cual prontamente se vio privada, ya
que su padre lo llevó a Aquitania para hacerlo bautizar. De esta doble ausencia
Dhuoda deja testimonio en su misma obra[6]. Caído en desgracia Bernardo, y
acusado de alta traición por Carlos el Calvo fue ejecutado en Toulouse en el año
844 por orden del Monarca. Guillermo, su primogénito, se alió con Pipino II de
Aquitania de quien recibió el Condado de Bordeaux en el 845; en el 848
Guillermo intentó recuperar la Marca Hispánica tomando posesión de Barcelona
pero finalmente en el año 849 fue tomado prisionero y decapitado; de esta forma
tan cruenta terminó la vida del joven para quien Dhuoda había escrito su Manual. El género literario del Liber Manualis es el de un espejo de
príncipes[7]
(género muy frecuente en el medioevo); con este tipo de obras se intentó formar
a las clases dirigentes de la Europa medieval. La obra de Dhuoda es, sin
embargo, un ejemplo excepcional; en primer lugar porque los espejos de
príncipes eran generalmente escritos por clérigos[8],
y en este caso la autora es una mujer y además madre del destinatario; en
segundo lugar, la obra de Dhuoda no se restringe a la típica instrucción sobre los
vicios que han de evitarse y las virtudes
que han de ponerse en práctica para ser un verdadero príncipe cristiano; su
obra contiene además consejos maternales e incluso datos autobiográficos
(ausentes en otros espejos de príncipes). El Liber manualis ha sido redactado en un latín que no es ya el de los
clásicos, pero que tampoco adolece de las incorrecciones tan frecuentes en muchos
autores contemporáneos; en su obra Dhuoda cita constantemente la Sagrada
Escritura (frecuentemente haciendo una interpretación alegórica de la misma[9]),
algunos poetas clásicos, escritores merovingios y algunos Padres de la Iglesia
(particularmente Agustín, Gregorio Magno e Isidoro de Sevilla). Para la selección que presentamos a
continuación, hemos escogido algunos fragmentos de la obra que, a nuestro
parecer, expresan muy bien la visión que tenía una dama de la aristocracia
carolingia del alto medioevo sobre la identidad y las tareas que debía ejercer
un príncipe o un caballero cristianos. I, 1: Dios debe ser amado Dios debe ser amado y alabado no
solamente por las Potencias celestiales, sino también por todas las criaturas
humanas que caminan sobre la tierra y que tienden hacia el cielo. Entre todos,
es a ti, hijo mío, a quien exhorto a que, junto con aquellos que son dignos y
capaces y que aman a Dios, busques siempre y con todas tus fuerzas los medios
para poder escalar la cima y alcanzar junto con ellos el Reino que permanecerá
para siempre. Asimismo, ruego y sugiero
humildemente a la nobleza de tu juventud, como si yo estuviera allí, y también
a aquellos a quienes mostrarás y harás leer este pequeño libro, que no me
condenen ni reprochen la temeridad de inmiscuirme en una lucha tan elevada y
peligrosa; la de osar dirigirte algunas palabras sobre Dios. Ciertamente, yo
misma, considerando el estado de mi humana fragilidad, no ceso de reprocharme
continuamente; porque soy mísera, y polvo y cenizas[10].
Y ¿qué diré? Si los patriarcas y los profetas y todos los otros santos, desde
el primer hombre hasta el presente, no han podido llegar a una comprensión más
plena de los misterios del dogma, ¡cuánto menos yo, pequeña y de baja
extracción! Y si, como afirma la Escritura, “el cielo y los cielos de los
cielos no pueden contenerlo”[11]
a causa de su grandeza, ¿qué podré decir yo, totalmente ignorante? Leemos en el Génesis que, cuando el
bienaventurado Moisés, seguro de la familiaridad de sus conversaciones con Dios, quiso
contemplar su rostro, se dirigió a Él en estos términos: “si he encontrado
gracia a tus ojos, muéstrate a mí, para que pueda verte”[12];
se le respondió: “Tu no podrás ver mi rostro, porque el hombre no puede verme y
vivir”[13].
Y si así sucede con los santos ¿qué pasará los semejantes a mí sobre la tierra?
Ante ese rechazo de dejarse ver, mi alma desfallece con rudeza, pero mi
pensamiento arde de deseo. I, 2: La búsqueda de Dios Es necesario, hijo mío, que tu y yo
busquemos a Dios. Por su voluntad existimos, vivimos, nos movemos y somos[14].
En cuanto a mí, indigna y frágil como la sombra, lo busco en la medida de mis
fuerzas, y pido sin descanso su ayuda en la medida de mi saber y entender. En
efecto, esto me es muy necesario desde todo punto de vista. Porque suele
suceder que a veces una perrita
inoportuna, entre los otros cachorros, puede atrapar y comer las miguitas que
caen bajo la mesa de su señor[15].
Poderoso es Aquel que hace hablar a los animales mudos[16]
como para abrir mi entendimiento[17],
según su antigua indulgencia y darme la comprensión[18].
Aquel que prepara a sus fieles una mesa en el desierto[19]
y los sacia, en tiempo de necesidad, con una medida de trigo[20],
es capaz también de cumplir mi deseo, a mí, su sierva, según su voluntad.
Siempre y cuando, yo pueda permanecer debajo de su mesa, es decir, debajo de la
santa Iglesia, y pueda mirar de lejos a los perritos, quiero decir a los
ministros de los santos altares, y ser capaz de recoger para mí y para ti,
hermoso hijo Guillermo, entre las miguitas de la inteligencia espiritual,
algunas palabras bellas y luminosas, dignas y aptas. Ciertamente, sé bien que “sus
misericordias jamás han faltado”[21]. Permaneciendo el mismo entonces en
el pasado, el mismo ahora en el presente, el mismo en el futuro, él está
siempre aquí y en todo lugar; y dispone con poder de todos los bienes posibles.
A él corresponde existir siempre, según sus palabras: “Yo soy el alfa y la
omega”[22],
y “yo soy el que soy”[23].
Y de nuevo dice la Escritura: “El-que-es me ha enviado a vosotros”[24],
etc. III, 1-1: De cómo debes respetar a tu padre mientras vivas[25] No dejo de inculcarte en cuanto
puedo, cómo, en todas las cosas tú debes temer, amar y ser fiel a Bernardo, tu
señor y padre, tanto si está presente como ausente. Por otra parte, hijo mío,
tienes un doctor y un autor sapientísimo, Salomón, para enseñarte y
amonestarte: “Dios ha honrado al padre que florece en su descendencia”[26].
Y el mismo: “El que honra a su padre se alegrará en sus hijos”[27]
y vivirá una vida más larga. “Quien obedece a su padre aliviará a su madre”[28];
y “como un coleccionista de tesoros, es aquel que honra a su padre”[29].
“El que teme al Señor honra a sus padres[30]”.
Tu, hijo, “honra a tu padre”, y ruega por él asiduamente, “a fin de que seas
longevo en esta tierra”[31],
y para que vivas largamente. “Recuerda, en efecto, que sin él, tú no habrías nacido”[32].
En todo asunto importante sé obediente a tu padre, escucha su advertencia[33].
Si con la gracia de Dios llegas a ella, “sostén su vejez; no lo entristezcas
durante su vida[34]
, y “mientras estés vigoroso no lo desprecies[35]”.
¡Lejos de ti semejante desprecio! Que la tierra cubra mi cuerpo antes de que tu
padre tenga que sufrir nada de eso; eso jamás ocurrirá, estoy segura de ello.
Si hablo de ello, no es porque lo tema; simplemente hay que velar porque nunca
surja en tu pensamiento ni una sola vez la idea de semejante fechoría, que
efectivamente es cometida, lo sabemos, por muchas personas que no se parecen a
ti. No olvides las desgracias que sobrevinieron a los hijos de Elí quienes
despreciaron las órdenes de su padre; desobedecieron, y por eso padecieron una
muerte amarga[36].
No se debe callar el árbol de Absalón; ese hijo rebelde a su padre encontró en
una circunstancia imprevista una muerte indigna: colgado de una encina y
atravesado por un golpe de lanza, entre gemidos de dolor terminó su vida
terrenal en la flor de su juventud; privado del reino terrenal, tampoco llegó
al supremo reino prometido[37]. ¿Qué decir de los otros? El riesgo
es grande; ¡que lo soporten aquellos que
cometen esa mala acción! No es una maldición de mi parte, sino una advertencia
de la Escritura que profiere una terrible amenaza acompañada de una maldición:
“Maldito el que no honra a su padre”[38].
Y aún más: “El que maldiga al padre que lo ha engendrado, morirá con una muerte
miserable y vergonzosa”[39].
Y si así sucede a quien profiere una palabra grave o desafortunada ¿cuál
piensas que será la suerte de aquellos que tratan injuriosamente a sus
allegados y afligen el corazón de sus padres? Se dice que son numerosos
aquellos que en el siglo presente se revuelcan en semejante crimen y que, no
considerando los hechos pasados, estiman como injusto el presente. Sobre ellos
y sobre sus semejantes que actúan de ese modo se precipitan la envidia, los
celos, el desastre y la calamidad; junto con todo aquello que fomenta el odio
contra ellos[40].
Estos tales pierden, no retienen los bienes que han obtenido a costa de otros,
y con mucho esfuerzo, a veces, recuperan los propios. Estas cosas, en efecto,
las digo no porque las haya visto, sino porque las he leído u oído; tú y yo las
oímos decir. Reflexiona bien en lo que ocurrirá más tarde a aquellos que en el
pasado hayan cometido tales acciones. Si existen tales personas ¡Dios nos
libre! Poderoso es Dios para concederles el remordimiento, a fin de que
alcancen el arrepentimiento, y que hagan penitencia y convirtiéndose merezcan
ser salvados. Quienquiera que sea aquel de quien se trata, apártate de él, y
que Dios le dé la inteligencia como queda dicho más arriba. Hay algo, hijo mío, que toda
persona, quienquiera que sea, debe considerar: si llega a la edad madura en la
cual Dios se digne concederle una descendencia, no se gozará en tener hijos
rebeldes, orgullosos y llenos de codicia, sino hijos modestos, pacíficos y
obedientes, para que viéndolos se regocije, y sea un padre feliz, después de
haber sido en su infancia un hijo sumiso. Quien considera y desea estas cosas,
piense también en aquella y haga como se ha dicho más arriba: entonces “todos
los miembros vivirán ventajosamente en paz”[41]. Tu, pues, hijo mío Guillermo, presta
atención a mis recomendaciones, escucha y sigue las instrucciones de tu padre[42];
no seas sordo a las palabras de los santos Padres y leyéndolas frecuentemente “átalas
siempre a tu corazón”[43].
De este modo, mientras que creces sin cesar en el bien, “se multiplicarán para
ti los años de vida”[44].
Porque aquellos que bendicen a Dios y lo esperan, aquellos que escuchan a los
Padres y que cumplen sus preceptos de corazón, “esos heredarán la tierra”[45].
Si tu escuchas y pones en práctica como se debe los consejos que te he dado, no
sólo tendrás parte aquí abajo en algunos bienes, sino que también merecerás
poseer con los santos aquella tierra de la cual el salmista dice: “Yo creo que
veré los bienes del Señor en la tierra de los vivos”[46].
Ruego, hijo mío, a fin de que esa tierra sea tu herencia, que él se digne
prepararte para vivir en ella, él que vive y reina, etc. I, 2: Debe anteponer el padre a los mismos príncipes Sin duda que a los ojos de los
hombres la dignidad y la potencia real o imperial tienen la primacía en este
mundo; por lo cual la costumbre de los hombres es reverenciar en primer lugar
las acciones y el nombre de los reyes y de los emperadores; éstos son objeto de
respeto, y su poder se apoya sobre la excelencia de su dignidad, como
testimonio de las palabras de aquel que dijo: “sea al Rey, como quien tiene la
primacía, sea a los jefes, etc.”[47].
Y sin embargo, hijo mío, he aquí mi voluntad: que tú, mientras vivas, según el
consejo de mi pequeñez, y según Dios, en primer lugar, no omitas rendir un
respeto especial, fiel y seguro, a aquel de quien eres hijo[48].
En verdad, es un dato cierto y firme que nadie, si no recibe su dignidad de su
padre, es capaz de tener acceso a otra persona superior hasta la cúspide de la
soberanía [senioratus][49]. Yo te exhorto, pues, mi hijo
bienamado Guillermo, a amar ante todo a Dios, como has podido leer más arriba;
y después ama, teme, quiere a tu padre,
y sabe que gracias a él tu has llegado a este estado. Sabe que, desde los
tiempos antiguos, aquellos que han querido a sus padres y se han mostrado
verdaderamente obedientes hacia ellos han merecido recibir la bendición de Dios
y la de éstos. I, 4: Advertencia sobre la conducta que debe observar respecto a su señor Recuerda que Carlos[50],
a quien tienes como señor, ya que Dios, según creo, y tu padre Bernardo lo han
elegido desde el comienzo de tu juventud y en la flor de tu vigor para que lo
sirvas, desciende, por una y otra parte de un grande y noble linaje. No lo
sirvas sólo para agradar sus ojos, sino con toda tu inteligencia, con el cuerpo
y el alma a la vez, guárdale en todo una
fidelidad activa, leal y segura. Asimismo, considera la bella
conducta de aquel servidor del patriarca Abrahán quien marchó hacia una región
lejana a fin de buscar una esposa para el hijo de su señor[51].
Gracias a la fe de aquel que mandaba y a la sabia obediencia del servidor, la
misión fue cumplida, y por su numerosa descendencia la esposa obtuvo una
inmensa bendición, acompañada de grandes bienes. ¿Qué decir de la actitud hacia
el rey David de Joab, de Abner y de muchos otros?[52]
Corriendo peligros por él en múltiples lugares, querían más agradar a su señor
que a sí mismos. Y las Escrituras hablan de muchos otros que fielmente se
sometieron a las órdenes de sus señores. Por su vigilancia y su vigor, han
merecido florecer en el siglo. Sabemos, en efecto, según el texto de las
Escrituras, que todo honor y toda autoridad son un don de Dios. Por ello,
debemos servir a nuestros señores fielmente, sin disgusto ni tibieza ni pereza.
Por cierto, según leemos: “No existe potestad sino proviene de Dios, y quien
resiste a la potestad resiste al orden querido por Dios”[53]. Es por esto, hijo mío, que te
exhorto a que esta fidelidad que guardas, la guardes con tu cuerpo y con tu
espíritu mientras vivas. Entonces sí, tus progresos, según creemos, irán en
aumento, y serán de un gran provecho para tus familiares. Que jamás, ni
siquiera una vez, la locura de la infidelidad te haga proferir una afrenta
desafortunada; que nunca nazca o crezca en tu corazón la idea de ser infiel en
algo a tu señor. En efecto, de los que obran de ese modo, se ha hablado dura y
vergonzosamente. Pero no creo que éste sea tu caso ni el de tus compañeros de
armas; jamás, según se dice, tal manera de actuar se ha visto entre tus
antepasados; no ha existido, no existe y no existirá jamás en el futuro. Tú pues, hijo mío Guillermo, nacido
de la descendencia de aquellos, sé con tu señor como te he dicho: veraz,
vigilante, eficaz, eminente. En todo asunto que interese al poder real, en
cuanto Dios te conceda fuerzas, trata de conducirte con toda prudencia, tanto
por dentro como por fuera. Lee las máximas y las vidas de los santos Padres[54]
que nos han precedido; allí tu descubrirás cómo y de qué forma debes servir a
tu señor y asistirlo fielmente en todo. Y cuando las adviertas, aplícate a
ejecutar fielmente las órdenes de aquel. Fíjate y observa a aquellos que lo
sirven fidelísima y asiduamente, y recibe de ellos lecciones de servicio; así,
formado en su escuela, con el auxilio y la ayuda de Dios, tu serás capaz de
cumplir más fácilmente aquello que te he recordado más arriba. ¡Que tu Dios y
Señor te sea en todo propicio, benévolo, tu guía, tu jefe bienhechor, y
protector y que en todas tus acciones se digne asistirte continuamente como tu
sostén y defensor! ¡Como Él lo quiera en el cielo, así sea![55]
Amén. III, 11: El respeto debido a los sacerdotes Es necesario venerar a los
sacerdotes, hijo mío, puesto que ellos han sido elegidos para el servicio de
Dios, porque son intercesores por nuestros pecados, ya que tienen el orden
sagrado. Tú pues, con toda tu alma, teme a Dios y honra a sus sacerdotes,
ámalos, venéralos. Son ellos quienes bendicen el crisma y el óleo. Son ellos
quienes bautizan al pueblo en la fe de la Santa Trinidad, quienes lo unen a la
santa Iglesia de Dios. Ellos son quienes consagran el pan y el vino a semejanza
[in similitudine[56]]
del Cuerpo y la Sangre del Señor Jesucristo, quienes preparan la mesa y nos dan
la comunión para que nosotros recibamos el perdón de nuestros pecados[57]
y la salud del cuerpo[58]. Se los llama sacerdotes porque están destinados a santificar y consagrar, a
ejemplo de aquel que ha dicho: “Sed santos, porque yo soy santo”[59].
Y de nuevo: “conservad la paz y la santidad sin la cual…” etc.[60]
Son llamados sacerdotes de acuerdo
con la palabra del profeta: “Vosotros seréis llamados sacerdotes, ministros de
nuestro Dios. Aplastarán la fuerza de las naciones[61]
y consumirán los pecados del pueblo[62]”.
Son ellos los pastores que apacientan sin cesar el rebaño del Señor con sus
palabras y ejemplos y los invitan a acercarse sin tardar al Reino de Dios,
diciendo con el salmista: “Venid, adoremos y postrémonos, lloremos delante de
quien nos ha hecho, porque somos su pueblo y las ovejas de su rebaño y él es el
Señor nuestro Dios”[63]. Se los llama presbíteros porque ellos están preparados y prestos (praesti) para los trabajos de Dios;
porque nosotros empleamos prae por ante (antes), así dice el salmista “yo
pre-veía al Señor”[64],
es decir: yo lo veía antes por la contemplación del alma; del mismo modo que
“pre-cursor” significa “que corre adelante”, y que “pre-cede” equivale a decir:
“pasa adelante”, etc. Entre nosotros, en efecto, en razón de su dignidad, ellos
se acercan más al altar, exhortándonos a levantar nuestro corazón[65]
y a vivir en los cielos[66].
Ellos son el camino, y siguiendo el ejemplo de su predicación es como nosotros
tendemos con confianza hacia la patria celestial por nuestra dedicación a las
buenas obras. Se los llama también episcopi, “observadores”[67],
porque ellos nos amonestan siempre a “observar” y a tender “hacia lo alto”. Epi en griego, es super (sobre) en latín. Del mismo modo scopon es una palabra griega; en latín se dice intuitio (mirar hacia) y destinatio
(tensión hacia). A ellos les corresponde mostrar lo uno y lo otro, y a nosotros
nos corresponde observar y obedecer. Más aún, ellos son llamados pontífices, porque es a través de ellos
que, como por “un puente”, atravesamos el río[68];
es decir que después de habernos revolcado en el barro por la malicia de
nuestro corazón, corregidos por la penitencia y la reparación, con la gracia de
Dios nos lanzamos sin tropezar hacia la otra patria. En efecto, está escrito:
“Ellos regresaron a su país por otro camino”[69]. Ellos son, a ejemplo del Dios
verdadero y altísimo, portadores de su autoridad, se encuentran por encima, por
debajo, por dentro y por fuera. Por encima, por el hecho de que nos protegen
vislumbrando y observando a lo lejos. En efecto, por su erudición y por el
ejemplo de su reprensión, el Señor nos traerá de regiones lejanas. Por debajo,
porque ellos son “los pies de Aquel que trae la paz, anuncia la buena nueva,
proclama la salvación, diciendo: Sión, etc.”[70].
Por dentro, porque somos imbuidos con los ejemplos de aquellos que son dignos y
sapientísimos. Por fuera, porque gracias a su asidua plegaria, manteniéndose
muy cerca de Dios, merecemos ser rodeados, guardados y defendidos, protegidos y
salvados a fin de escapar de los espíritus malignos, vamos de este modo hacia
Aquel que se ha aparecido al mundo, haciéndose para todos nuestra salud y nuestro
escudo, para reconducir al hombre a la Patria celestial. ¿Qué puedo decir de ellos, que son dignos
de veneración? Mi mente se rebela. Según el ejemplo de los santos apóstoles
ellos atan y desatan[71],
“consumiendo los pecados del pueblo”[72].
Ellos se mantienen cercanos y más vecinos de Dios. Ellos son pescadores y
cazadores como dice el profeta: “Enviaré a mis pescadores y los pescarán, a mis
cazadores y los cazarán”[73].
Y ellos toman su presa de las manos de otro, es decir que arrancan a los
espíritus impuros, la capturan por la penitencia y la conducen a la unidad de
la patria celestial. Erigen y disponen el altar sagrado en el lugar
correspondiente. En efecto, dice la Escritura: “Los sacerdotes y los levitas
introdujeron el altar del Señor a su lugar bajo las alas de los querubines bajo
el Santo de los santos, etc.”[74].
Aunque los títulos que les pertenecen se diversifican en expresiones variadas,
siguiendo su dignidad y su función, sin embargo su nombre propio es el de
sacerdotes y custodios de los vasos sagrados[75],
esto es, de las almas de Dios. ¿Qué nombre más alto se podría dar a la
muchedumbre de estos sacerdotes que aquel que los asocia a los ciudadanos del
cielo? Porque ellos son llamados “ángeles”, de acuerdo a lo que dice el profeta
Zacarías: “Los labios del sacerdote custodian la ciencia, y de su boca se
espera la ley, porque él es el ángel del Señor”, y no de un señor común, sino
“del de los ejércitos”[76]. Y del mismo modo, ¿qué pueden ser
más sublime que “ángeles” o “arcángeles”? Su agilidad les permite, como a las
palomas siempre despiertas, volar hacia las “ventanas”[77]
sagradas; sobresaliendo por sus dignas virtudes, han sido llamados con razón y
de forma expresiva “amigos de Dios”. ¿Por qué? Porque llenos de una caridad
ferviente, siendo ejemplos vivos, no
cesan de instruir a muchas personas, y, como dice la Escritura, ellos “se
revisten con la justicia”[78],
unidos a la asamblea de los santos. Llenos de alegría, de santidad y de
prosperidad en Cristo, merecen, adquiriendo un doble recompensa, esperar el sublime Reino del cielo. Y si ellos poseen títulos y virtudes
tan numerosas y tan grandes que su dignidad brilla de tal modo en el siglo, yo
te invito a tributar honor a aquellos que son dignos, tanto como te resulte
posible. Porque, a aquellos que no están a la altura de su carácter sagrado –si
te sucediera descubrir algunos– no te atrevas a juzgarlos temerariamente, y
cuídate de censurar sus vidas, como hacen muchos. Piensa en David, quien cuando
rasgó el borde del manto de Saúl se arrepintió[79],
etc. No nos corresponde reprenderlos,
hijo mío. Dios conoce sus corazones y los de todos nosotros que luchamos en el
siglo. Es gracias a su palabra, su pensamiento, su mirada, su vida que se
reconoce con certeza la dignidad de su fruto y de su obra. Porque está escrito:
“Por sus frutos los reconoceréis”[80]. ¿Y qué diré? Dios conoce a aquellos
que le pertenecen[81].
Mientras tanto, sigue a aquellos que por sus palabras y sus actos descubras
como los mejores y los más dotados de discernimiento. Ellos, más especialmente,
nos anuncian la Palabra de Dios y son el pueblo que él se ha elegido para que
fuera su heredad.[82]
Lo que ellos dicen escúchalo, medítalo, cúmplelo, recuérdalo siempre; todas las
veces que los encuentres, ruégales y venéralos, y no solamente a ellos, sino
también a los ángeles que los preceden. Porque “sus ángeles”, como dice la
Sagrada Escritura, “ven siempre el rostro del Padre”[83].
Si es posible, que tus comidas con ellos y con los peregrinos que buscan
alimento sean frecuentes. Como se ha dicho, no descuides “encomendarte”[84]
entre las manos de los buenos sacerdotes. En el tiempo apropiado, tómalos a
ellos como consejeros entre todos los demás hombres de confianza. Escucha a
aquellos a quienes veas que están especialmente unidos a Dios. Que ellos
distribuyan a los pobres comida y bebida proveniente de tu mano o de tu mesa;
porque en el futuro te será recompensado. Tu pues, hijo mío Guillermo, venera,
como te he dicho, a aquellos sacerdotes que sirvan a Dios dignamente. Ellos, en efecto, son la porción
de Dios, los ayudantes y los oficiantes de Dios. Si son incoherentes en sus
costumbres, como está escrito, no oses criticarlos. Porque, en parte, es por
ellos que la Sagrada Escritura dice: “No toquéis a mis Cristos”, es decir, a
mis ungidos, “y no hagáis mal a mis profetas”, es decir a mis sacerdotes[85].
“Porque en la casa de Dios hay muchas moradas”[86]
y los astros de los cielos no brillan de la misma manera. “Una estrella difiere
de otra estrella en claridad”[87],
y los justos, por el hecho de la diversidad de sus méritos, son más brillantes
unos que los demás. Del mismo modo también entre los sacerdotes, hay semejantes
diferencias de rango: aquellos “que instruyen a muchos” por el ejemplo de sus
buenas obras, unidos a aquellos que
llevan a Cristo junto a ellos, “resplandecerán”, así lo creemos, “por
una eternidad sin fin”[88],
y esto es un don de Dios. En cuanto a ti, hijo mío, venéralos, como ya lo he
dicho, y corrígete si has faltado en algo; “porque no hay un hombre que no
peque”[89],
incluso si su vida no dura más que un día[90]:
No hay, en efecto, más que un solo creador, autor, rector y gobernador, por cuyo don y de cuyo don proceden las
palabras de Dios de la boca del sacerdote; él no las concede en atención a
nuestros pecados, sino en atención a su antigua misericordia. Porque nos
concede su perdón, es, fue y será llamado siempre piadoso, clemente y
misericordioso. Es gracias a él y de él que alcanzan sus juicios los verdaderos
y sapientísimos sacerdotes. Del mejor modo que puedas, confíales
en secreto tu sincera confesión, con suspiros y lágrimas. Porque como dicen los
doctores, una confesión sincera libra al alma de la muerte[91]
y no permite que la misma descienda a los abismos. No dejes, te recomiendo, de
poner en sus manos tu alma y tu cuerpo. Sea que camines o reposes, o cualesquiera
sean tus acciones o tareas, ruégales y pídeles siempre que oren e intercedan
por ti ante Dios que los ha elegido en el mundo como intercesores por todo el
pueblo, para que por una verdadera enmienda y una justa satisfacción
“consagrando la mitad de tus días” a la penitencia[92],
tu merezcas ser digno de las santas promesas de Dios. ¡Que el verdadero Sacerdote, aquel
que ha sido hecho Pontífice por toda la eternidad[93],
junto con los sacerdotes y ministros de la santa iglesia de Dios, mientras que
tu estudias y te ejercitas siguiendo los ejemplos de sus vidas, te haga llegar
a un verdadero y justo progreso por la ayuda y la liberalidad de Aquel que
reina, Dios, por todos los Siglos! Amén. IV, 9: Ayuda a los pobres tanto cuanto
puedas Presta oído al pobre que pide
inoportunamente. Está escrito “no exasperéis al pobre[94]
en su clamor”, se atribula con el corazón y clama con la voz; quiere que se le
dé aquello que no tiene en absoluto. En efecto, te exhorto a que pienses, que
si tu mismo te encontrases reducido a tal indigencia, a una suerte semejante,
tú, como él, desearías que se te dé lo que pides. Aquello que se exige en relación a
las malas acciones es lo mismo que se pide respecto a los buenos tratos. De las
malas acciones se ha dicho “No hagas a otros aquello que no quieres que te
hagan”[95].
Sobre la reciprocidad que debe observarse en relación a las consideraciones
recibidas, está escrito: “Todo lo que deseéis que los demás hagan por vosotros,
hacedlo por ellos”[96].
Es justo que aquel que recibe gratuitamente los bienes de otro, gratuitamente
ofrezca lo suyo. Es por eso que te invito a que tú mismo distribuyas comida y
bebida a los indigentes, así como vestidos a los desnudos. Que cada uno, de los
bienes que piensa poseer, dé con rostro alegre[97].
Está escrito: “Comparte tu pan con el hambriento, y recibe en tu casa a los
indigentes y vagabundos. Cuando veas un desnudo vístelo y no desprecies tu
propia carne”[98].
Aquí la “carne” designa a la condición fraterna, cuyo origen nosotros
compartimos con todos; según la palabra del primer hombre: “Esto es hueso de
mis huesos y carne de mi carne”[99].
La carne (caro) toma su nombre de
caer (cadere)[100],
en el sentido y en la medida en que ya sea que caiga o se levante tanto el
pobre como el rico, todos terminarán por caer en el mismo polvo[101].
En todo caso, es muy justo que aquellos que por sus grandes méritos reciben
grandes bienes sostengan y ayuden materialmente a los más pequeños cuando los
vieren. Muestra, pues, una compasión fraterna con aquellos que tienen hambre,
con aquellos que tienen sed o están desnudos[102],
con los huérfanos y los peregrinos, con las viudas pero también con los niños,
con los oprimidos y con todos los indigentes; cuando los encuentrares,
socórrelos con bondad y misericordia. Porque si lo hicieres “brillará tu luz
como la aurora”[103]
y la claridad resplandecerá siempre sobre tus pasos. “La misericordia” y la paz
no te abandonarán jamás, mientras que “la verdad” y la justicia “precederán tu
rostro”[104]
en todo lugar y por los siglos. Con semejante compañía, invocarás al
Señor y te oirá, “gritarás y te dirá: ¡Aquí estoy!”[105]. VI,
2-3: Te amonesto a ser un hombre perfecto,
y te muestro cómo serlo con la ayuda de Dios. Bienaventurado aquel hombre que por
sus méritos, caminando aún sobre la tierra, evita transitar por el limo y el
fango[106].
Su nombre ya se encuentra inscrito en el Reino de lo alto[107]. Si quieres saber, hijo mío, quién es
el hombre en cuestión, y cuáles son las virtudes que le permiten estar adornado
y enriquecido de honores, y poseer y disfrutar del Reino y de la tienda de
Dios, escucha al Profeta que dice en forma de pregunta: “¿Señor, quién habitará
en tu tienda, o quién descansará en tu montaña santa?[108]”
Quiero que me lo muestres. Debemos aprender y comprender lo que el Señor le
respondió. Ahora bien, él ha dicho: I. “Aquel que
camina sin mancha”[109];
II. “El que practica la justicia”[110];
III. “El que dice la verdad”[111];
IV. “El que no engaña con su lengua”[112];
V. “El que no hace mal al prójimo”[113];
VI. “El que no jura para engañar”[114];
VII. “El que no presta dinero a usura”[115];
VIII. “El que no hace mal a su prójimo”[116].
IX. “El no recibe sobornos contra el inocente”[117];
X El que soporta con paciencia las injusticias que se le hacen; XI. “El que
tiene las manos limpias”[118];
XII. El que es puro de corazón y casto en su cuerpo[119];
XIII. El que puede transgredir y no transgredió[120];
XIV. El que puede hacer el mal y no lo hizo[121];
XV. El que extiende la mano al pobre en la medida que puede[122]. Éste puede habitar seguro en los
excelsos tabernáculos de Dios[123],
y puesto que sus bienes están puestos en
Dios[124],
el Maligno es aniquilado en su presencia. Aquel que persevera en las buenas
obras, honra siempre a los que temen a Dios[125]. XI, 2: Últimos consejos Recurre siempre a este librito. ¡Sé
siempre un joven noble en Cristo! + Este libro fue comenzado el segundo
año después de la muerte del emperador Luis, el día segundo de las Kalendas de
diciembre, fiesta de san Andrés[126],
al comienzo del santo Adviento del Señor[127].
Ha sido terminado, con la ayuda de Dios, el día cuarto de las nonas de febrero[128],
fiesta de la purificación de la santa y siempre Virgen María, bajo el reinado
propicio de Cristo, y en la espera del rey que Dios designare[129]. Tú que lees, ruega por la mencionada
Dhuoda, si quieres merecer contemplar a Cristo en la eterna felicidad. Aquí termina –sean dadas gracias a Dios– el Manual de Guillermo, como dice el Evangelio: “se ha terminado” (consumatum est)[130]
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Notas
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[1] Para la presente traducción, me he
servido del siguiente texto crítico con versión al francés: Dhuoda, Manuel pour mon fils, introducción, texto crítico y notas de Pierre
Riché, traducción de Bernard de Vregille y Claude Mondesert (Sources
Chrétiennes Nº 225), París, Éditions Du Cerf, 1975, 394. Para algunos pasajes
oscuros he controlado la edición inglesa: Dhuoda,
Handbook for her Warrior Son. Liber
Manualis, editado y traducido por Marcelle Thiébaux, Cambridge – New York –
Melbourne – etc., Cambridge University Press, 1998, 276. N. B. Las referencias bíblicas y algunas
otras notas aclaratorias, las he tomado de la edición crítica, las demás son
mías. [2] Pierre Riché,
Introduction en Dhuoda, Manuel pour mon
fils, 17. [3] Dhuoda, Manuel
pour mon fils, 85. [4] “Pienso en aquellos de los
cuales he oído leer, y también en
algunos de mis parientes y de los tuyos, hijo, que en el siglo fueron poderosos
y ya no existen más…”. Dhuoda, Manuel pour mon fils, 111. [5] Pierre Riché, Introduction en Dhuoda, Manuel pour mon
fils, 22-24. [6] Dhuoda, Manuel
pour mon fils, 85. [7] El primero en llamar “espejo de príncipes” a este tipo de obras fue Albert Wermingdoff, Die Fürstenspiegel der Karolingerzeit en Historische Zeitschrift 89 (1902) 193-214; pero la expresión fue popularizada por Wilhelm Berges, Die Fürstenspiegel des hohen und späten Mittelalters, Leipzig, Hiersemann, 1938. [8] Entre estas obras podemos enumerar, por ejemplo, los siguientes tratados: Alcuino de York, De virtutibus et vitiis (801-804) dirigido al Conde Guido, margrave de Bretaña, en Alcuino de York, Obras Morales, Pamplona, EUNSA, 2004, 87-141; Smaragdus, Via regia (811-814), PL 102, 951-970; Jonás de Orléans, Le métier de Roi (De institutione regia) (aprox. 831), París, Éditions du Cerf, 1995; Sedulius Scottus, De rectoribus christianis ‘On the Christian Rulers’ (aprox. 855-859), Woodrige, The Boydell Press, 2010; Hincmar de Reims, De regis persona et regio ministerio (873), PL 125, 833-856; Vicente de Beauvais, De la formación moral del príncipe (1260-1263), Madrid, BAC, 2008; Tomás de Aquino, Opúsculo sobre el gobierno de los príncipes (aprox. 1265-1266), en Tomás de Aquino, Tratado de la ley – Tratado de la justicia – Opúsculo sobre el gobierno de los príncipes, 9ª edición, México, Porrúa, 2008, 327-530. [9] La interpretación
alegórica de un texto era muy frecuente en la Edad Media; para una
profundización de este tema véase a Henri de
Lubac, Exégèse médiévale:
les quatre sens de l'Ecriture, 4 vols., París, Aubier, 1959-1964. [10] Cf. Gn.
18, 27. [11] 1 Rey. 8, 27. [12] Ex. 33, 13. [13] Ex. 33, 20. [14] Cf. Hch. 17, 28. [15] Cf. Mc. 7, 28 y Mt. 15, 27. [16] Cf. Núm. 22, 28. [17] Cf. Lc. 24, 45. [18] Cf. Sal. 78, 19. [19] Sal. 78, 19. [20] Cf. Lc. 12, 42. [21] Lam. 3, 22. [22] Apoc. 1, 8. [23] Ex. 3, 14. [24] Ex. 3, 14. [25] En los párrafos que consignamos a continuación, se percibe cómo Dhuoda establece una “jerarquía de fidelidades” distinta de la habitual en el mundo medieval. Ésta después de la fidelidad a Dios habría indicado la fidelidad al monarca; para Dhuoda, el caballero cristiano debe, en primer lugar, ser fiel a Dios; luego –y esto es lo novedoso– debe ser fiel a su propio padre; seguidamente a su señor feudal y por último debe escuchar y respetar también a otras personas encumbradas, por ejemplo a los consejeros y familiares de su señor, y sobre todo debe amar y reverenciar a los clérigos. [26] Ecli.
3, 3. [27] Ecli.
3, 6. [28] Ecli.
3, 7. [29] Ecli.
3, 5. [30] Ecli.
3, 8. [31] Ex. 20,
12. [32] Ecli. 7,
30. [33] Ecli. 3,
2. [34] Ecli. 3,
14. [35] Ecli. 3,
15. [36] 1 Sam. 4,
11. [37] Cf. 2 Sam. 18, 15. [38] Deut. 27, 16. [39] Lev. 20, 9. [40] Gn. 37, 8. [41] San
Benito, Regla, 34, 5. [42] San
Benito, Regla, Prol., 1. [43] Prov. 6, 21. [44] Prov. 4, 10. [45] Sal. 37, 9. [46] Sal. 27, 13. [47] 1 Pe. 2, 13-14. [48] Esta afirmación denota la comunión de pensamiento de Dhuoda con la aristocracia carolingia de la época; los miembros de familias aristocráticas se sentían fuertemente orgullosos de su linaje. Dhuoda, quien insiste en que el linaje de Guillermo es ilustre tanto por los ancestros de su marido Bernardo como por los propios, recalca que su hijo debe ser fiel a su padre incluso antes que al mismo Rey; y si debe fidelidad a Carlos el Calvo es más por ser su señor feudal que por ser rey. Pierre Riché, Introduction en Dhuoda, Manuel pour mon fils, 24-26. [49] Palabra infrecuente perteneciente al
lenguaje feudal. [50] Se refiere a Carlos el Calvo, hijo de
Ludovico Pío y, por lo tanto, nieto del Emperador Carlomagno. Carlos sucedió a
su padre como rey de Aquitania en el 840; en el 843 se convirtió en Rey de la
Francia occidental; más tarde de Lorena y de Borgoña cisalpina (869);
finalmente fue coronado Emperador en el 875. [51] Gn. 24. [52] Cf. 1 Rey. 2. [53] Rom. 13, 1-2. [54] Se trata de los personajes bíblicos de los cuales ha hablado anteriormente. [55] 1 Mac. 3, 60. [56] Fórmula litúrgica presente en los sacramentales; aquí tiene el sentido de “símbolo”, “sacramento”. [57] Cf. Mt. 26, 28. [58] El Manual de Dhuoda insiste en el respeto y la veneración que se debe a los clérigos (obispos y sacerdotes), pero estos son presentados como pastores de almas y administradores de los sacramentos y nunca como señores temporales. En este punto, la obra de Dhuoda se diferencia claramente de los “espejos” contemporáneos escritos por clérigos y son una muestra más de la mentalidad de la aristocracia carolingia. [59] Lev. 11, 44. [60] Hb. 12, 14. [61] Is. 61, 6. [62] Os. 4, 8. [63] Sal. 95, 6-7. [64] Sal. 16, 8. [65] Diálogo con el que comienza el prefacio de la misa. [66] Flp. 3, 20. [67] Explicaciones análogas presentan el Seudo Cipriano y San Isidoro, Orig., VII, 12. [68] La misma explicación etimológica de pontifex se encuentra en el Seudo Alcuino, Liber de divinis officiis: “Pontifex quasi pontem faciens…, unde homines transeant ad patriam caelestem”; y en Isidoro, Orig., VII, 12, 13: “pontifex princeps sacerdotum est, quasi via sequentium”. [69] Mt. 2, 12. [70] Is. 52, 7. [71] Mt. Cf. 18,18. [72] Os. 4, 8. [73] Jer. 16, 16. [74] 1 Rey. 8, 6. [75] Cf. Gregorio Magno,
Moralia in Job, XXIII, 11, 21: “Quid vero per vasa tabernaculi, nisi fidelium
animae figurantur?”. [76] Mal. 2, 7. [77] Cf. Is. 60, 8. [78] Sal. 132, 9. [79] Cf. 1 Sam. 24, 5-6. [80] Mt. 7, 16. [81] 2 Tim. 2, 19. [82] Cf. Sal. 33, 12. [83] Mt. 18, 10. [84] N. T. La palabra “commendare” tiene un fuerte sabor feudal; de hecho, la parte del rito por el cual una persona libre se entregaba a otra para que fuera su señor, se llamaba precisamente “commendatio” y la acción simbólica consistía en poner las propias manos entre las manos del señor a quien el vasallo se encomendaba Cf. François Louis Ganshof, El feudalismo, 54-56; 58-59. Aquí, no obstante, y según la opinión de Riché se refiere no tanto a la “commendatio” feudal (Guillermo ya era vasallo de Carlos el Calvo), sino de una “alianza espiritual”¸ Pierre Riché, Introduction en Dhuoda, Manuel pour mon fils…, 25. [85] Sal. 105, 15. [86] Jn. 14, 2. [87] 1 Cor. 15, 41. [88] Dn. 12, 3. [89] 1 Rey. 8, 46. [90] Cf. Job. 14, 4-5. [91] Cf. San
Isidoro, Synon., I, 53. [92] Cf. Sal. 55, 24 y Gregorio
Magno, Moralia in Job, V, 39,
70. [93] Hb. 5, 6. [94] Ecli. 4, 2. [95] Tob. 4, 15. [96] Mt. 7, 12. [97] Cf. 2 Cor. 9, 7: “Que cada uno dé conforme a lo que ha resuelto en su corazón, no de mala gana o por la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría”. [98] Is. 58,7. [99] Gn. 2, 23. [100]
Esta etimología es totalmente fantasiosa. [101] Cf. Gn. 3, 19. [102] Cf. Mt. 25, 35. 42. [103] Is. 58, 8. [104] Sal. 89, 15. [105] Is. 58, 9. [106] Traducción conjetural. [107] Cf. Lc. 10, 20. [108] Sal. 15, 1. [109] Sal. 15, 2. [110] Sal. 15, 2. [111] Sal. 15, 2. [112] Sal. 15, 3. [113] Sal. 15, 3. [114] Sal. 15, 4. [115] Sal. 15, 5. [116] Sal. 15, 4. [117] Sal. 15, 5. [118] Sal. 24, 4. [119] Cf. Sal. 24, 4. [120] Ecli. 31, 10. [121] Ecli. 31, 10. [122] Cf. Ecli. 7, 32. [123] Cf. Sal. 15, 1. [124] Ecli. 31, 11. [125] Sal. 15, 4. [126] Luis I “el piadoso” falleció en Ingelheim el 20 de junio del 840. El inicio de la obra, pues, debe fecharse el 30 de noviembre del 841. [127] De hecho, en el año 841, el primer domingo de Adviento cayó el 27 de noviembre. [128] Esta fecha equivale al dos de febrero. [129] Según opinión de Pierre Riché esta expresión de Dhuoda indica que Carlos el Calvo aún no había sido reconocido como Rey en Francia meridional. Dhuoda, Manuel pour mon fils…, 24. [130] Jn. 19, 30. |
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