ICE INSTITUTO DE
CAPACITACIÓN ECONÓMICA

¿PORQUÉ PROTESTAN MILES DE PERSONAS EN WASHINGTON?
¿LA AYUDA DEL EL FMI PROVOCA LA POBREZA EN NUESTROS PAÍSES?


¡ENTÉRESE!
Lea el informe del destacado economista
Profesor Joseph Stiglitz
Ex Viceperesidente del Banco Mundial

Artículo original en inglés:
http://www.thenewrepublic.com/041700/stiglitz041700.html

El informe que se transcribe a continuación fue producido por Joseph Stiglitz días antes de las protestas multitudinarias que se realizaron en Washington contra el Fondo Monetario Internacional durante la semana del 17 de abril de 2000.
Es muy probable que gran parte de nuestra gente más educada, al enterarse de las noticias, haya pensado que se trataba de los "alborotadores de siempre", según la fraseología de los gobiernos, procurando perturbar la labor de los funcionarios responsables de la política económica en nuestros países.  Esto sería erróneo.  El ciudadano común debe saber que esa multitud no es el resabio de la agitada generación de los años 1960, como parecen querer mostrar algunas descripciones periodísticas, sino la protesta por los graves problemas provocados por funcionarios internacionales.  Está a la vista que nuestro gobierno, democráticamente elegido, actúa más por la presión de las exigencias del Fondo Monetario Internacional que por la opinión de su gente.  ¿Podemos ignorar entonces cómo se cuecen directivas que están por encima de los programas partidarios y de la voluntad de los electores?

El ICE aspira a que los ciudadanos sean actores de la economía nacional y no meros sujetos de políticas económicas urdidas lejos de su control. Por ello pone a disposición de sus lectores el alarmanente testimonio del profesor Stiglitz.

Joseph Stiglitz, el autor del informe, es profesor de ciencias económicas en la Universidad de Stanford y académico en la Brookings Institution.  Desde 1997 a 2000, fue economista jefe y vicepresidente del Banco Mundial.  También se desempeñó como presidente del Consejo de Asesores Económicos desde 1993 a 1997.

El informe ha sido bajado de Internet y traducido al castellano por el Dr. Héctor R. Sandler para el Instituto de Capacitación Económica de Buenos Aires, Argentina.


QUÉ APRENDÍ DE LA CRISIS ECONÓMICA MUNDIAL

Por JOSEPH STIGLITZ

La próxima reunión de semana del Fondo Monetario Internacional atraerá a Washington, D. C. a muchos de los mismos manifestantes que en Seattle apalearon a la Organización Mundial de Comercio durante el último otoño.  Ellos dirán el FMI es arrogante.  Que no escucha realmente a los países en desarrollo a los que se supone debe ayudar.  Dirán que el FMI actúa de modo sigiloso y sin la obligación de responder democráticamente.  Dirán que "los remedios" económicos del FMI frecuentemente empeoran el estado de cosas:  transforman las caídas de la economía en recesiones y las recesiones en depresiones.

Y tienen razón.  Yo fuí economista principal al Banco Mundial desde 1996 hasta el mes de noviembre del año pasado, durante la más grave crisis económica global en esta mitad del siglo.  Pude ver como el FMI, en tándem con el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, respondió a esa crisis.  Y quedé horrorizado. 

La crisis económica global comenzó en el Tailandia, el Julio 2, 1997. Los países de Este Asiático venían de tres décadas de milagros económicos: los ingresos se habían incrementado, la salud había mejorado y la pobreza había caído de modo impresionante.  No solamente el alfabetismo era ahora universal, sino que en pruebas de matemáticas y de ciencia internacional en muchos de estos países se veían mejores resultados que en los Estados Unidos.  Algunos países no habían sufrido un solo año de recesión en 30 años.

Pero las semillas de calamidad habían sido plantadas.  A comienzo de los 1990, los países del Este Asiáticos habían liberalizado sus mercados financieros y de capitales.  No porque ellos necesitaran atraer más fondos (la tasa de ahorro oscilaba alrededor del 30 por ciento o más) sino a causa de las presiones internacionales, incluyendo alguna proveniente del Departamento del Tesoro de los EE.UU.  Estos cambios provocaron una inundación de capitales invertidos a corto plazo.  Esto es, el tipo de el capital que busca el máximo retorno al día siguiente, en la semana, o en el mes, muy diferente por cierto de la inversión a largo plazo en cosas como fábricas o semejantes.  En Tailandia, este capital a corto plazo contribuyó a producir una insostenible estampida de los precios de los inmuebles.  Y, como la gente en todo el mundo ha aprendido dolorosamente (incluido los Estadounidenses), cada burbuja de precios de los bienes raíces finalmente revienta, a menudo con consecuencias desastrosas.  Así tan repentinamente como el capital vino, fluyó al exterior.  Y, cuando todos tratan al mismo tiempo de llevar su dinero afuera se presenta un problema económico.  Un gran problema económico. 

El último conjunto de crisis financieras había ocurrido en América Latina en el decenio de 1980, cuando crecieron los déficit públicos y las políticas monetarias de mano blanda condujeron a la inflación galopante.  Allí, el FMI había impuesto correctamente la austeridad fiscal (presupuestos equilibrados) y políticas monetarias más firmes, demandando que los gobiernos aplicaran esas políticas como condición previa para la recepción de ayudas.  Así, en 1997, el FMI impuso las mismas condiciones a Tailandia.  La austeridad, dijeron los líderes del Fondo, restauraría la confianza en la economía tailandesa.  Como la crisis se esparciera a otras naciones del Asia Oriental – a pesar del evidente fracaso de la política montada – el FMI, sin titubear, fue aplicando la misma medicina a cada nación que aparecía ante sus estrados.

Yo pensaba que esto era un error.  A diferencia de las naciones latinoamericanas, los países del Este Asiáticos ya tenían presupuestos equilibrados.  En Tailandia, el gobierno había hecho tantos ajustes que realmente privaba a la economía social de muchos bienes:  Necesitaba inversiones en la educación e infraestructura, esenciales ambas para el crecimiento económico.  Al mismo tiempo las naciones del Este Asiático ya tenian ajustadas políticas monetarias:  La inflación era baja y descendente (En el Corea Sur, por ejemplo, la inflación se detuvo en un muy respetable 4 por ciento anual).  El problema no estaba en imprudentes gobiernos, como en América Latina; el problema radicaba más bien en algunos imprudentes del sector privado:  Banqueros y prestatarios, por ejemplo, que habían apostado a la burbuja de los bienes raíces.

Bajo tales circunstancias yo temía que las medidas de austeridad no reavivarían a las economías del Asia Oriental sino que habrían de zambullirlas en la recesión o depresión general.  La tasa de interés alta podría devastar altamente a las firmas Asiáticas Orientales endeudadas, ocasionando más bancarrotas y moras.  Mayor reducción del gasto público sólo encogería aún más a la economía.

Por esta razón bregué por un cambio de política.  Hablé a Stanley Fischer, un distinguido ex-profesor de economía del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) y ex-economista principal del Banco Mundial, quien había llegado a ser director administrativo del FMI.  Me reuní con economistas del Banco Mundial que tenían la posibilidad de hacer contactos o influir dentro del FMI, instándolos a hacer lo que pudieran para mover a la burocracia del FMI.

Convencer a la gente al Banco Mundial de mi análisis resultó fácil, cambiar las mentes en el FMI fue virtualmente imposible.  Cuando hablé a importantes funcionarios del FMI – explicando, por ejemplo, como una alta tasa de interés podría aumentar las bancarrotas, con lo que sería más duro restaurar la confianza en las economías de los países del Este Asiático – al principio se resistieron a verlo así.  Luego, después de fracasar en presentarme un efectivo countraargumento, ellos variaron de respuesta:  Cuando yo entendía que la presión provenía del consejo de directores administrativos del FMI, era el staff designado por los ministros de finanzas de los países industriales desarrollados quien aprueba todos los préstamos del FMI.  Su significado era claro.  Era este staff el que se inclinaba por medidas mas severas, mientras que ellos realmente ejercían una influencia moderadora.  Mis amigos, que eran los directores administrativos dijeron que ellos eran presionados.  El asunto era enloquecedor, no simplemente porque la inercia del FMI era tan difícil de parar, sino que como todo ocurría detrás de puertas herméticamente cerradas, era imposible saber cual era el obstáculo verdadero a remover para lograr un cambio.  ¿Era aquel staff el que hacía marcar el paso a los directores administrativos, o eran los directores administrativos los que empujaban al staff?  Todavía no lo sé.

Por supuesto, todos en el FMI me aseguraron que serían flexibles:  Si sus políticas realmente resultaban demasiado contraccionarias, forzando las economías Asiáticas Orientales a una recesión más profunda que la necesaria, entonces ellos las revertirían.  Un temblor me corría por la columna vertebral al oír estas palabras.  Una de las primeras lecciones que los economistas enseñan sus estudiantes graduados es la importancia de los retrasos en la toma de medidas.

Una decisión de política monetaria (Levantando o bajando la tasa de interés), para que produzca plenos efectos, debe ser tomada con 12 o 18 meses de anticipación.  Cuando yo me desempeñaba como Presidente del Consejo de Asesores Económicos en la Casa Blanca, enfocábamos toda nuestra energía en la tarea de pronosticar donde la economía estaría en determinados momentos del futuro.  Sólo a partir de ese pronóstico podríamos saber qué políticas debíamos recomendar adoptar hoy.  Jugar a ignorar que pasaría en el futuro era el colmo de la locura.  Y sin embargo era cabalmente lo qué los funcionarios del FMI se proponían hacer.

Yo no debería haber estado tan sorprendido.  Al FMI le gusta atender sus asuntos sin extraños que hagan demasiadas preguntas.  En la teoría, el Fondo apoya las instituciones democráticas en las naciones que ayuda.  En la práctica, socava el proceso democrático mediante la imposición de políticas.  Oficialmente, por supuesto, el FMI no "impone" nada.  Solo "negocia" las condiciones para recibir ayuda.  Pero todo el poder en las negociaciones está de un lado – en el FMI – y este rara vez otorga suficiente tiempo para construir un amplio consenso mediante consultas con los parlamentos o la sociedad civil.  A veces el FMI se excusa con el pretexto de actuar con apertura total, mientras negocia convenios ocultos.

Cuando el FMI decide ayudar un país, despacha una "misión" de economistas.  Estos economistas frecuentemente carecen experiencia suficiente sobre el país.  Con seguridad tienen un conocimiento mas seguro sobre los hoteles de cinco estrellas que de las aldeas que puntean su campo de trabajo.  Ellos trabajan duro, engolfándose en la profundidad de los números durante la noche.  Pero su tarea es imposible.  En un período de días o, a lo sumo, de semanas, ellos tienen que desarrollar un programa coherente sensible a las necesidades del país. No es preciso decir, que mediante el hacer crujir a unos pocos números rara vez provee los conocimientos adecuados para establecer la estrategia de desarrollo para una nación entera.  Aún peor, el crujir de los números no siempre es tan bueno.  Los modelos matemáticos que el FMI usa frecuentemente son defectuosos o carentes de actualidad.  Los críticos acusan a la institución de aproximarse al conocimiento de la economía usando moldes para hacer galletitas, y tienen razón.  Se ha sabido que equipos visitantes de un país han hecho borradores de informes antes de llegar a el.  Yo mismo he oído historias de un desafortunado incidente ocurrido cuando se descubrió que los miembros del equipo visitante habían redactado su informe transcribiendo gran parte del texto redactado para otro país.  Hubieran conseguido sin problemas su propósito si no hubiera fallado la función "buscar y reemplazar" de su procesador de textos, con lo que quedaron en el original los nombres de lugares del otro país.  ¡Epa!

No es justo decir que los economistas del FMI no se preocupan por los ciudadanos de las naciones en desarrollo.  Pero los hombres mas viejos a quienes el Fondo contrata – y ellos son sobrepasadamente hombres viejos – actúan como si sobre sus hombros llevaran la pesada carga que Rudyard Kipling pusiera sobre las espaldas del hombre blanco.  Los expertos del FMI creen ser más brillantes y más educados, y estar menos motivados políticamente, que los economistas de los países que ellos visitan.  De hecho, los líderes económicos desde esos países son bastante buenos, en muchos casos más brillantes o mejor educados que el personal del FMI, que frecuentemente esta´ integrado por estudiantes de tercer nivel de las universidades mejor calificadas.  (Confíe en lo que le digo:  Yo he enseñado en la Universidad de Oxford, en el MIT, en la Universidad de Stanford, en la Universidad de Yale y en la Universidad de Princeton, y el FMI casi nunca tuvo éxito en el propósito de reclutar a los mejores estudiantes.)  En el último verano, dicté un seminario en la China sobre la política de competición en telecomunicaciones.  Por lo menos tres de los economistas chinos asistentes en el auditorio hicieron preguntas tan sofisticadas como las que hubieran podido hacer las mejores mentes en Occidente.

Como el tiempo pasó, mi frustración creció.  Uno podría pensar que dado que el Banco Mundial contribuía literalmente con miles de millones de dólares a los paquetes de rescate, su voz sería escuchada.  Pero fue ignorado casi tan resueltamente como lo es la gente de los países afectados.  El FMI sostuvo que todo lo que pedía a los países Asiáticos Orientales era que equilibraran sus presupuestos durante la recesión.  ¿Eso era todo?  ¿No tuvo precisamente la administración de Clinton que librar una batalla importante en el Congreso para obtener una enmienda que le permitiera alejarse del equilibrio presupuestario en los EEUU?  ¿Y no fué el argumento clave de esa administración que, frente a la recesión, algo de gasto causando déficit podría ser necesario?  Esto era lo que yo y la mayoría de otros economistas habíamos enseñado a nuestros graduados por los años 1960.  Dicho francamente, si en un examen a la pregunta "¿Cuál debe ser la postura fiscal de Tailandia para encarar una caída económica?" un estudiante hubiera dado la respuesta del FMI, habría reprobado con un cero.

Como la crisis se esparcía a Indonesia, me interesé aún más en la cuestión.  Una nueva investigación al Banco Mundial mostraba que una recesión en un país tan étnicamente dividido podría generar toda clase de conflictos sociales y políticos.  Así a fines de 1997, en una reunión de ministros de finanzas y directores de bancos centrales celebrada en Kuala Lumpur, emití una declaración, cuidadosamente preparada, revisada previamente por el Banco Mundial, en la que sugerí que un programa monetario y fiscal excesivamente contraccionista podría conducir al desorden político y social en Indonesia.  Nuevamente, el FMI se afirmó en sus reales.  El director administrativo del Fondo, Michel Camdessus, repitió allí lo que él había dicho en público:  Que el Este Asiático simplemente tenia que apretar los dientes y ajustar lo que fuera necesario tal como lo había hecho México.  Él continuó hablando para subrayar que todo el dolor sufrido por México en el corto plazo, le había hecho surgir de la experiencia más fortalecido.

Pero esta era una analogía absurda.  México no se había recuperado porque el FMI lo forzara a fortalecer su débil sistema financiero, el cual siguió permaneciendo igualmente débil años después de la crisis.  Se recuperó a causa de un oleada al auge económico de los EEUU., y al NAFTA.  En contraste, el principal socio comercial de Indonesia era Japón, el que por entonces aun permanecía empantanado por una economía alicaída.  Además, Indonesia era política y socialmente mucho más explosiva que México, con una historia mucho más larga y profunda de conflictivas disensiones étnicas.  Y una renovación de estos conflictos causaría el vuelo masivo de los capitales (Huida facilitada por el relajamiento de los flujos monetarios alentados por el FMI).  Pero ninguno de estos argumentos fue tenido en cuenta.  El FMI siguió presionando en la misma dirección demandando reducciones en el gasto del gobierno.  En consecuencia subvenciones para satisfacer necesidades básicas como las del alimento y el combustible fueron eliminadas en el momento en que las políticas contraccionistas tornaban a esas subvenciones más necesarias que nunca.

Por Enero 1998, las cosas habían tomado un rumbo tan malo que el vicepresidente del Banco Mundial para el Este Asiático, Jean Michel Severino, invocó las temidas palabras "r" (recesión) y "d" (depresión) al describir la calamitosa economía de esa región asiática.  Lawrence Summers, entonces secretario del delegado del Tesoro de los EEUU, encarriló directamente contra Severino por hacer aparecer a las cosas peor de lo que eran.  Pero ¿Qué otra manera había para describir lo qué estaba pasando?  El resultado fue que en algunos de los países afectados el producto cayó el 16 por ciento o más.  La mitad los negocios en Indonesia estaban en la bancarrota virtual o directamente cerraron sus puertas.  Otro efecto negativo fue que el país no pudo ni siquiera aprovechar las oportunidades de exportación que le brindaba el tipo de cambio más bajo.  El desempleo se incrementó mas de diez veces y los salarios reales cayeron a plomo, para colmo en un país carente de redes de seguridad social.  El FMI no sólo no consiguió restaurar en nada la confianza en la economía del Asia Oriental, sino que con sus presiones perjudicó el tejido social de la región.  Y, a continuación, durante la Primavera y el Verano de 1998 la crisis se esparció más allá del Este Asia llegando a un país mucho mas explosivo:  Rusia.

La calamidad en Rusia compartía características claves con la calamidad en Asia Oriental.  Entre ellas, el nada insignificante papel que jugaron las políticas instigadas por el FMI y la Tesorería de los EEUU para ayudarla.  Sin embargo en Rusia, la ayuda comenzó mucho antes.  A continuación de la caída del muro de Berlín, dos escuelas de pensamiento habían surgido interesadas en la transición de Rusia a la economía de mercado.  Una de estas, a la que yo pertenecía, consistía en una melange de expertos sobre la región, ganadores del premio Nobel como Kenneth Arrow y otros.  Este grupo enfatizaba la importancia de la infraestructura institucional de la economía de mercado, desde las estructuras legales que hacen de los contratos fuente de obligaciones susceptibles de cumplimiento por la fuerza a las estructuras reguladoras que hacen funcionar el sistema financiero.  Arrow y yo habíamos sido parte del grupo de la Academia Nacional de Ciencias que en la década anterior había discutido con los chinos la estrategia para la transición.  Nosotros enfatizamos la importancia de fomentar la competencia, en lugar de quedarse en la simple privatización de las empresas de propiedad del Estado, a la vez que apoyábamos una transición más gradual a una economía de mercado (Aunque nosotros coincidimos en que para combatir la hiperinflación podían ser necesarias de modo ocasional medidas fuertes) 

El segundo grupo estaba integrado en su mayor parte por macroeconomistas, cuya fe en el mercado era sin paralelo por su sobrevaloración de las sutilezas de los detalles, esto es, de las condiciones requeridas para que funcione efectivamente.  Estos economistas se caracterizaban por su poco conocimiento de la historia o las singularidades de la economía Rusa y, lo peor, es que no creían necesitar de ese conocimientos.  La gran fortaleza y la definitiva debilidad de las doctrinas económicas en las que confiaban es que, según ellos, las doctrinas eran – o se supone que deben ser – universales.  Las instituciones, la historia, o incluso la distribución del ingreso, simplemente no importaban.  Buenos economistas son los que conocen verdades universales y pueden ver mas allá de los hechos y detalles que suelen oscurecer esas verdades.  Y tenían por verdad universal que la terapia de shock es la que funciona para países en transición a economías de mercado.  Verdad que se amplía con esta idea:  Más fuerte es la medicina aplicada (y mas dolorosos son sus efectos), más rápida será la recuperación.  Mas o menos así eran los argumentos del segundo grupo.

Para infortunio de Rusia, la segunda escuela ganó la discusión en el Departamento del Tesoro de los EEUU y en el FMI.  O, para ser más preciso, tanto el Departamento como el FMI actuaron como si no hubiera ninguna discusión abierta y por consiguiente procedieron ciegamente según la segunda vía de acción.  Aquellos que se opusieron a ese curso no eran consultados o su consulta era tratada a la larga.  En el Consejo de Asesores Económicos, por ejemplo, había un brillante el economista, Peter Orszag, quien había servido como consejero cercano al gobierno ruso y había trabajado con muchos de los economistas jóvenes, quien finalmente alcanzó posiciones de influencia.  Era justamente el tipo de persona de cuya pericia la Tesorería y el FMI necesitaban.  No obstante, quizás porque conocía demasiado, casi nunca lo consultaron.

Todos nosotros sabemos qué sucedió después.  En las elecciones de Diciembre 1993, los votantes rusos infligieron a los reformistas un enorme retroceso, del cual tienen todavía que recobrarse.  Strove Talbott, entonces en el cargo de los aspectos no económicos de la política en Rusia, admitió que Rusia había experimentado un "excesivo shock y muy poca terapia".  Y todo ese shock no había llevado a Rusia, para nada, hacia una verdadera economía de mercado.  La rápida privatización urgida a Moscú por el FMI y el Departamento del Tesoro había permitido que un pequeño grupo de oligarcas ganaran el control de los activos del Estado.  El FMI y la Tesorería había demandado la remoción de los incentivos económicos, lo que esta bien, pero por vía equivocada.  Mediante la falta de atención suficiente a la infraestructura institucional que permitiría el florecimiento de la economía de mercado – y facilitando el flujo de capitales en y fuera de Rusia – el FMI y la Tesorería habían colocado los fundamentos para el plan de pillaje de los oligarcas. Mientras el gobierno carecía del dinero para pagar a los jubilados, los oligarcas enviaban el dinero obtenido del despojo de los activos y vendían recursos nacionales preciosos para el país, depositando sus ingresos en cuentas de bancos chipriotas y suizos.

Los Estados Unidos se implicaron en estos desarrollos pavorosos.  A mediados de 1998, Summers, en vísperas de ser nombrado sucesor de Robert Rubin como secretario de la Tesorería, hizo una real exhibición pública apareciendo con Anatoly Chubais, el arquitecto principal de las privatizaciones en Rusia.  Con tales actos los Estados Unidos parecían alinearse junto a las mismas fuerzas que empobrecían al pueblo ruso.  Nada tiene de asombroso que el antinorteamericanismo se propagara como un reguero de pólvora.

Al principio, no obstante la admisión de Talbott, los verdaderos creyentes en la Tesorería y el FMI continuaban insistiendo en que el problema no era de demasiada terapia sino de muy poco shock.  Pero, a mediado de la década de 1990, la economía rusa continuaba hundiéndose.  El rendimiento había caído a la mitad.  Mientras sólo el dos por ciento de la población había vivido en la pobreza incluso al final del período depresivo de la Unión Soviética, el serrucho de la "reforma" elevó la tasa de pobreza a casi el 50 por ciento, con más de la mitad de los niños de Rusia viviendo bajo la línea de pobreza.  Solo recientemente el FMI y el Departamento del Tesoro han reconocido que esa terapia era de escaso valor, aunque ahora insisten en que lo han dicho siempre.

Hoy, Rusia sobrevive en forma desesperada.  Los altos precios del petróleo y la largamente la resistida depreciación de rublo, han ayudado a recorrer algo del camino a la recuperaciób.  Pero los niveles de vida permanecen muy por debajo donde estaban al comienzo de la transición.  La nación vive asediada por la enorme desigualdad, y la mayoría de los rusos, amargados por la experiencia, han la confianza en el libre mercado.  Una caída importante en los precios de petróleo casi seguramente haría perder el modesto progreso que se ha logrado.

El Este Asiático está algo mejor, aunque todavía la lucha es aún grande.  Cerca de 40 por ciento de los préstamos de Tailandia son todavía incobrables, Indonesia permanece profundamente empantanada en la recesión.  La tasa de desempleo permanece, por lejos, mucho más alta que antes de la crisis, incluso en países en donde la recuperación fue mejor, como es el caso de Corea.  Los sostenedores del FMI sugieren que el fin de recesión es la prueba de la eficacia de las políticas de esta agencia.  Un disparate.  Toda recesión finalmente termina.  Todo lo que el FMI hizo fue profundizar las recesiones en Asia Oriental, haciéndolas más profundas, más largas, y más duras.  En realidad, Tailandia, que siguió las prescripciones del FMI más estrictamente, tuvo un desempeño peor que el de Malasia y Corea Sur, que siguieron cursos más independientes.

A menudo yo me preguntaba como gente inteligente, incluso brillante, pudo haber creado tan malas políticas.  Una de razón es que esta gente sabia no usaba una ciencia económica correcta.  Una y otra vez, yo me quedaba consternado al ver cuán fuera de época y cuán fuera de tono con la realidad, eran empleados por los economistas los modelos de Washington.  Por ejemplo, fenómenos macroeconómicos tales como la bancarrota y el temor de la falta de pago estaban en el centro de la crisis del Asia Oriental.  Pero los modelos macroeconómicos usados para analizar estas crisis no estaban arraigados típicamente en fundamentos microeconómicos, de modo que los analistas no tuvieron en cuenta las bancarrotas.

Pero el uso de una ciencia económica errónea fue solo un síntoma del problema de fondo:  El secreto en el que ellos se manejaron.  Las personas inteligentes son mas proclives a hacer cosas estúpidas cuando se encierran en sí mismas, evadiendo toda crítica y consejo.  Si hay algo que he aprendido de mi paso por el gobierno, es que la apertura es esencial en aquellos ámbitos donde la pericia del experto parece ser lo mas importante.  Si el FMI y el Departamento del Tesoro hubieran invitado a una mayor cantidad de examinadores, su insensatez podría haber aparecido mucho más evidente y mucho antes.  Críticos de derecha, tales como Martin Feldstein, presidente de Consejo de Consejeros Económicos de Reagan, y George Shultz, el secretario Estado de Reagan, Jeff Sachs, Paul Krugman, y yo condenamos esas políticas.  Pero, la insistencia del FMI en sus políticas estaba más allá de los reproches.  Por otra parte sin estructuras institucionales destinadas a prestar atención a las observaciones externas, las críticas eran de poca utilidad.  Bajo el temor a cualquier crítica, incluso la de los críticos internos, particularmente de aquellos con responsabilidad democrática directa, el FMI permanecía en la oscuridad.  En cuanto al Departamento del Tesoro, es tan arrogante acerca de sus análisis económicos y prescripciones, que frecuentemente mantiene un estricto – demasiado estricto – control sobre ellas, incluso a la vista del presidente.

La discusión abierta habría levantado preguntas profundas aún sin demasiada atención por parte de la prensa estadounidense:  ¿En qué medida el FMI y el Departamento del Tesoro propugnan políticas que realmente han contribuido a aumentar la volatilidad económica global?  (La Tesorería empujó la liberalización en Corea en 1993 contra la oposición del Consejo de Asesores Económicos.  La Tesorería ganó la batalla interna de la Casa Blanca, pero Corea, y el mundo, pagaron un alto precio.)  ¿Algunas de las duras criticas del FMI en Asia Oriental fueron hechas para distraer la atención sobre la culpabilidad propia de la agencia?  ¿La mayoría de las políticas impulsadas por los Estados Unidos de América y el FMI, fueron hechas creyendo que ayudarían a los países del Asia Oriental o porque creían que beneficiarían a los intereses financieros de los EE.UU. y el mundo industrial desarrollado?  Y, si nosotros creímos que nuestras políticas ayudaban al Asia Oriental, ¿Dónde estaba la prueba?  Como participante en estas discusiones, conseguí ver las pruebas:  No las había. 

Desde el fin de la guerra fría, un poder tremendo ha fluido hacia la confiada gente para llevar el evangelio del mercado a los más lejanos rincones del globo.  Estos economistas, burócratas, y los funcionarios actúan en el nombre de los Estados Unidos y los países industriales avanzados, y sin embargo ellos hablan un idioma que pocos ciudadanos promedio comprenden y que pocos actores políticos se molestan en traducir.  La política económica es hoy quizás la parte más importante de interacción de los EE.UU. de América con el resto del mundo.  Y sin embargo, la cultura de la política económica internacional forjada en la democracia mas poderosa del mundo, no es democrática.

Esto es lo que tratarán de decir los manifestantes que gritarán desde afuera del FMI la próxima semana.  Por supuesto, las calles no son el mejor lugar para discutir estos puntos altamente complejos.  Algunos de los protestantes no están más interesados en la discusión abierta que los funcionarios del FMI.  Ni todo lo que los protestantes digan será correcto.  Pero, si la gente a quienes confiamos la administración de la economía global – el FMI y el Departamento del Tesoro – no comienza un diálogo y toma las criticas con un corazón dispuesto, las cosas continuarán muy, pero muy mal.  Yo ya he visto lo que sucede.

(ICE, Buenos Aires, abril 16 de 2000)


Retornar al índice Si quiere enviarme un mail


Esta página fué incorporada el 16/Abr/2000
Diseño, ejecución y promoción:  Ing. Eduardo J. Salom
eduardo@psg.com
http://www.advance.com.ar/

HitBox!