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ICE |
INSTITUTO DE CAPACITACIÓN
ECONÓMICA
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Reflexiones para un buen gobierno
Reforma impositiva, ¿Para cuándo?
Aunque existe una larvada conciencia acerca de los daños morales
y materiales que causa el actual sistema de impuestos, no será
posible sustituirlo, si antes ciudadanos y dirigentes, sin
distinción de sectores y partidos, no concuerdan en las causas
que lo descalifican, a la vez que visualizan otro sistema mejor fundado
para dotar al tesoro con los recursos necesarios para afrontar el gasto
público.
Por causa de ambas carencias, a tontas y a locas, bajo el único
principio de que el Gobierno necesita fondos y el FMI impone condiciones
de equilibrio presupuestario, las reformas impositivas son un hecho
increíblemente frecuente. Lo que debiera ser el dato más
firme para el gobierno, los empresarios y los consumidores, tiene la
misma certeza que los informes meteorológicos.
Con cada proyecto de reforma impositiva los sucesivos gobiernos se han
alejado más de los generosos y obligatorios objetivos del
Preámbulo de la Constitución. Objetivos que justifican
la existencia de un gobierno democrático. Es visible para
cualquiera el progresivo decaimiento las instituciones pilares de la
democracia. Como así también la ruina de organismos de
asistencia social dedicados a atender a los jubilados, pensionados y
personas marginadas del progreso tecnológico y del crecimiento
de la riqueza. Ya nadie niega la presencia de millones de
"desafortunados", aptos para el trabajo en estado de
desocupación forzosa, mientras otros "afortunados"
se hacen "famosos" por su increíble enriquecimiento.
Esto no se debe a la diosa Fortuna; sí, en alto grado, al actual
sistema de impuestos.
Es asombroso que no se denuncie al actual sistema impositivo como
principal responsable de la recesión económica, el
estallido del desempleo y la eclosión de la corrupción.
Se dan las más sorprendentes explicaciones sobre estas calamidades
sociales y se proponen medidas, en gran parte contradictorias, y casi
todas corrosivas de la democracia, los derechos humanos y las libertades
de sus habitantes. Aquel desorden social es atribuido por algunos a
oscuras causas internas, como nuestra historia, el tipo de
inmigración, el carácter nacional, la televisión
y cosas por el estilo. Otros responsabilizan el malestar a causas
externas: la globalización o algún imperialismo
político, económico o cultural. Cualquiera de esas
creencias tiene algo de verdad. Sin embargo, lo asombroso, es nadie
responsabiliza de esos males a la más importante obra del Estado:
la creación por ley coactiva del actual sistema de recursos
públicos. Al contrario. Las pocas que se refieren a los impuestos,
aun en tono crítico, dan por supuesto la bondad de sus fundamentos
morales y económicos. Así, p. e., la mayoría
descalifica a la evasión y la declara causa de todos aquellos
males, pasando por alto que la evasión real, la de los
consumidores, es virtualmente inexistente. Ningún proyecto de
reforma alcanza a rozar siquiera el problema de los fundamentos del
sistema actual. Para nada tienen en cuenta la existencia, teórica
y práctica de sistemas basados en otros fundamentos. Este aspecto
del panorama es tan deprimente que uno teme que jamás pueda el
país librarse del nefasto sistema actual de impuestos. (La
esperanza, sin embargo, se justifica. ¿Acaso no nos libramos
una vez de la esclavitud? ¿Y del fraude patriótico?
¿Y, al parecer, de los golpes militares? No debemos perder la
esperanza de eliminar un sistema de impuestos que daña a todo
el mundo, incluyendo al Estado recaudador).
En materia de impuestos se percibe un estado de perplejidad y doble moral.
Por ello se dan las conductas esquizofrénicas de académicos,
políticos, profesionales y contribuyentes. Sus discursos, en las
escuelas, parlamentos, función pública, movimientos en favor
de la asistencia social y medios de comunicación masiva, coinciden
en que evadir constituye una falla de conducta cívica, cuando no
un delito. Pero las mismas personas, en tanto obligadas al pago, usan su
saber para evitar el pago de lo que la ley manda. Nadie explica la
razón profunda que hace de todos nosotros potenciales delincuentes
y que asumamos "buena conducta" solo en proporción a
la acción de la policía estatal. Nadie denuncia que los
especialistas en impuestos prosperan en la vida profesional en
proporción a su arte de hacer pagar menos o nada. Que el
profesional que por la mañana predica en la escuela el deber de
pagar, por la tarde en su despacho ayuda a evadir. Es torpe querer
escapar por la tangente de una supuesta general inmoralidad argentina.
En cambio es prueba de sensatez prestar atención a la inmoralidad
e irracionalidad del sistema de impuestos. El señor Schlinder era
un delincuente en el sistema legal nazi. Evidenciada la irracionalidad
de ese sistema, es ponderado hoy, con toda justicia, como un héroe.
Nuestro actual sistema de recursos del Estado carece de bases morales,
jurídicas y económicas. Por esto es indispensable abrir
la discusión sobre sus fundamentos y compararlo con otros sistemas
compatibles con la democracia, los derechos humanos, las libertades
civiles, el Estado de derecho, la moral social y la economía de
mercado.
Dr. Héctor R. Sandler, Director
Buenos Aires, marzo 17 de 1998
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