| ICE |
INSTITUTO DE CAPACITACIÓN ECONÓMICA |
Miles de automovilistas que necesitan acceder al centro de Buenos Aires, usan a diario el parquímetro, palabra que podría descifrarse como "aparato para determinar el monto de nuestra obligación de pagar por el uso del espacio para estacionar". Si luego de un viaje, a veces agotador, llegamos con nuestro auto al centro de un barrio o al de la ciudad en la hora pico, seguro que comenzamos a arrepentirnos de haber usado el automóvil. No sabemos dónde diablos meterlo. Divisar un paquímetro libre es una bendición del cielo. Sin titubear estacionamos el auto con la alegría de haber resuelto un terrible problema. Sin quejas. Más aún, pagamos por anticipado el precio que exige la regla. Ella dice: "Usa el espacio para estacionar y paga lo que cuesta. Si no pagas, sufrirás severas consecuencias" (Multas, grúas y demás lindezas). Lo que digo del parquímetro es aplicable a las "playas de estacionamiento".
Este hecho trivial y cotidiano contiene la más notable lección que debieran estudiar todos los que tienen algo que ver con el problema de los impuestos: Los agobiados contribuyentes, el Gobierno necesitado de recursos y, en especial, los legisladores con poder para dictar leyes prometiendo beneficios sociales.
La idea primaria es que pagamos por el uso del lugar. Pero analizando, la pregunta merece triple respuesta:
Todos sabemos que los precios para estacionar son distintos. Aumentan notablemente de la periferia del barrio o la ciudad hacia el "centro" de uno y otra. Los "precios del centro" suelen ser hasta un 300% superiores a los de la periferia ($ 3 contra $ 1). Así es aunque todos los parquímetros y los salarios son idénticos. A pesar que playas del centro apenas son una carpeta asfáltica con cadenas y un cuidador termporario, mientras los garages de la periferia son magníficos edificios que demandan mucho más personal. La respuesta cierta, pero incompleta, es que ello se debe al mercado. Es verdad que si la oferta es fija y la demanda aumenta, se incrementa el precio. ¿Pero cuál precio de los tres elementos aumenta? ¿El de los parquímetros y contrucciones, el de los salarios o el del suelo? Sin duda alguna el del suelo. El suelo es finito (no puede estirarse) y es por él que los automovilistas compiten entre sí.
No es algo físico. En el derecho, es una relación obligacional; en economía, un valor de obligación. Por un lado, es una deuda: lo que el automovilista tiene que pagar para usar el espacio. Por el otro, un crédito: el peaje que el dueño del suelo cobra para facilitar su uso. Como la riqueza económica se integra con valores reales (cosas producidas), el precio del suelo - valor de obligación - no es riqueza. Un aumento del valor del suelo no es un aumento de la riqueza existente. Cuando el precio del suelo crece, y siempre lo hace, aumentan los créditos por su uso y las deudas de quienes necesitan usarlo.
Toda vez que los parquímetros son capital, los beneficios de quien los provee son de propiedad privada del inversor. Del mismo modo, los salarios son de exclusiva propiedad privada de los trabajadores. ¿Pero de quién es el valor del suelo? Este valor no es producido por el circunstancial dueño del terreno; es el efecto del desarrollo de la comunidad; del barrio y de la ciudad. Por lo tanto el precio, el valor del suelo es el crédito de la comunidad contra los usuarios. Es el más genuino crédito público.
Es obligación primera del gobierno cobrar ese crédito. Si no lo hace se producen dos deletéreos efectos:
Dr. Héctor R. Sandler, Director
Buenos Aires, Marzo 11 de 1998
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