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ICE |
INSTITUTO DE CAPACITACIÓN
ECONÓMICA
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Reflexiones para un buen gobierno
La desocupación frustra la democracia
La Legislatura porteña acaba de sufrir un grave tropiezo al dar
su primer paso para organizarse de manera limpia, racional y transparente.
El tropezón ha generado problemas internos y puesto a la flamante
institución en riesgo de entrar en un berenjenal sin salida.
Es significativo que la decisión racional de dotar al nuevo
parlamento porteño con empleados capaces y en número
proporciónado a sus necesidades, no fuera objetada al ser tomada.
¿Cómo oponerse a forjar una institución eficaz,
poco onerosa y libre de los males del clientelismo y amiguismo
político? ¿Acaso no se eliminó al antiguo Consejo
Deliberante por incurrir en esos males?
El tropezón no se notó al decidir. Se hizo presente cuando
la racional medida se aplicó a la realidad. El primer sacudón
fue la presentación de 50.000 ciudadanos para disputar por 500
puestos de trabajo. El segundo, mucho más contundente, fue la
cesantía de 880 empleados. Casi un millar de personas en la calle.
A partir de ahí, la realidad volvió por sus fueros e hizo
pensar que aquello de que "todo lo real es racional" puede ser
verdad, a partir de lo cual, decisiones tenidas por correctas pasan a ser
actos tenidos por irracionales. Un embrollo teórico y un problema
político.
Los actos de gobierno que son el principio de una gran confusión
prueban que sus autores padecen alguna confusión de principios.
Así está ocurriendo en este caso. Sin embargo los
legisladores pueden, por el momento, ser eximidos de culpa, porque la
sociedad argentina padece, casi sin excepción, la misma
confusión de principios que provoca problemas semejantes.
El problema generado por la acertada decisión de la Legislatura
se produjo por la enorme desocupación que padece el país.
De hecho hay carencia de puestos de trabajo. El índice de
desocupación de dos dígitos así lo indican.
¿Porque entonces se tomó una medida que incrementa la
desocupación? Porque las explicaciones teóricas dominantes
sobre las causas del desempleo son erróneas y diluyen la
responsabilidad que todo ciudadano tiene en conocer las verdaderas,
si quiere que la democracia funcione.
No hay una sino varias. Algunas con mas granos de verdad, pero todas
básicamente falsas. Entre los técnicos en economía,
la principal es la falta de inversión de capitales y lo aceptan
una buena cantidad de dirigentes políticos y sociales.
La responsabilidad recaería sobre el gobierno nacional que no
asegura esa inversión e incluso sobre los empresarios renuentes
a invertir. Para otros es la rigidez de las leyes laborales; son los que
procuran su flexibilización y hacen recaer la responsabilidad en
el Congreso Nacional. Están quienes sostienen que no faltan puestos
de trabajo, sino que sobran trabajadores ignorantes o incapaces.
Ven la solución en la educación y la responsabilidad en el
propio analfabeto que no se cultiva. Y finalmente, los más duros,
sostienen que la raíz está en la innata vagancia de la
mayoría de los argentinos: no trabaja el que no quiere, con lo
cual la responsabilidad es del desocupado. Todas estas explicaciones
aminoran la responsabilidad individual de aquellos que tienen el deber
moral, y en ocasiones político, al decidir problemas que afectan
a los ciudadanos que viven de su trabajo. Ninguna presta la más
mínima atención a las exigencias de la moral y la
economía.
Es norma moral que cada hombre debe vivir del producto de su trabajo y
que la solidaridad - de la familia o de la sociedad - debe asistir a
aquellos que por edad o algún impedimento no pueden trabajar.
Pero se ha dejado a la ciencia económica oficial que diga
cómo se puede cumplir con esa obligación moral. Y esta
ciencia, no importa la etiqueta, no acierta a describir la condición
necesaria para que todos puedan trabajar. No dice que la producción
es la aplicación del trabajo humano, con el auxilio del capital,
a la tierra. No dice que los recursos naturales son el yunque en que los
hombres pueden aplicar su fuerza de trabajo - directa o indirectamente -
para producir las cosas que satisfacen sus necesidades. Tampoco dice que
el precio de la tierra no es riqueza.
Falla también la ciencia jurídica oficial al no destacar,
categóricamente, que el precio de la tierra es un valor obligacional.
Una deuda que tiene el ocupante para con la sociedad y
- a la recíproca - el crédito que la sociedad tiene contra
los ocupantes del suelo. Que este crédito es la fuente primera de
los recursos del gobierno y que, por lo tanto, los impuestos (al trabajo,
a la inversión, a la ganancia y al consumo) son todos actos aunque
legales, ilegítimos, pues quitan a los particulares lo que es de
su exclusiva propiedad privada. No denuncia que esta expropiación
ilegítima se debe a la incuria de los gobiernos en recaudar la
renta fundiaria, es decir en hacer pagar sus deudas a los ocupantes de
los terrenos. Y por último, nadie advierte a la gente que la
desidia gubernamental en recaudar la renta del suelo y la autoritaria
expoliación impositiva, son la causa de la desocupación
crónica y el pauperismo social.
Dr. Héctor Raúl Sandler, Director
Buenos Aires, 1998
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