"Permítame decir algo antes que la lluvia sea tratada como una
mercancía y que a alguien se le ocurra distribuirla por dinero.
Alguien quiere decir gente que no puede comprender que la lluvia
es un don, que no aprecia que es un regalo, que piensa que lo que no tiene
precio no tiene valor, que lo que no puede venderse no es real y que la
única forma de hacer que algo sea real es colocándola en el mercado.
Llegará el tiempo en que gente de esa clase nos venderá nuestra
propia lluvia.
Hasta el momento ella es libre y por eso también en ella lo somos
nosotros.
Celebro su carencia de sentido y su gratuidad."
Estas palabras no son de un seguidor de Henry George, ni de un graduado en
el Landmarck Forum, aunque sin duda las suscribiría.
Son las palabras de otro gran norteamericano: un monje Cistercense de nuestro
siglo: Thomas Merton. El mensaje de Merton, como el de Henry George y Werner
Erhard, muestra que el hombre impulsado por su deseo dominar y controlar la
realidad, falsifica la verdad de su propia existencia como ser humano.
Lo que para Merton era una cuestión específicamente espiritual,
para George era un problema de orden social y estructural. La idea central
de George era que no existe ningún derecho natural de propiedad
privada sobre el medio ambiente. De modo habitual y en gran medida
aceptamos esta idea. El aire, los mares, los grandes lagos y ríos,
el lecho marino, el espacio exterior son cosas que consideramos herencia
común de la humanidad. Sin embargo no aplicamos el mismo criterio
sobre esa delgadísima costra del globo terráqueo llamada
suelo. A éste la delimitamos, arbitrariamente y sobre
él admitimos la posibilidad de la
propiedad privada del suelo.
Este derecho es un arbitrio, un ingenio humano, que nada tiene de natural.
George lo considera el origen de la mayoría de nuestros grandes y
numerosos problemas económicos y sociales, como los carentes de vivienda
(
homeless), el desempleo, la pobreza y la cíclica crisis de los
negocios. También ese arbitrio es responsable de los vanos intentos
practicados por los gobiernos para compensar aquellos males: el depredatorio
sistema impositivo y el Estado asistencial permanente que socava la
responsabilidad y la iniciativa de las personas.
Hace más de 100 años que George vió - incluyendo a su
país, Norte América - que la totalidad de nuestros
contemporáneos sistemas económico, social y politico,
habían sido construídos a partir de una absurda adicción
a la propiedad privada de la tierra, la que lleva a considerar respetable que
algunos hombres tengan un derecho absoluto sobre el suelo. Se trata más
bien de una una adicción a la titularidad del derecho de propiedad que
a la posesión misma de la tierra para la producción. George
predijo que ese fenómeno provocaría la emergencia de economistas
profesionales cuyo saber procuraría la aceptación social de esta
institución y de ese modo mantener el sistema que ella desarrolla.
Permítaseme citar a un seguidor actual de George, el brillante Profesor
de economía Masson Gaffney
[1]. En una carta
enviada en 1993 al director de la revista
"Tierra y Libertad",
transcribiendo a un autor de fin del siglo pasado, decía:
"'-Señor, ¿sabe usted que si en Norteamérica se
pudiera embotellar el aire, habría gente lo que haría? ...
formarían una Compañia Embotelladora Aire ... y las autoridades
permitirían que millones de hombres corrieran el riesgo de morir por
asfixia al no tener con qué pagar el aire que necesitan'.
Así escribía Robert G. Ingersoll (c.1892) ...
Los tiempos previstos por Ingersoll han llegado. Ronald Coase, el destacado
economista de Chicago, dice que los contaminadores (a quienes él llama
emisores) tienen, tanto derecho a emitir como las víctimas de la
polución (a las que él llama receptores), tienen derecho a
respirar aire limpio. No importa, dice Coase, cómo nosotros asignemos
la propiedad originariamente: en la medida que haya libre mercado, todo
funcionará eficientemente ...
¿Motivó esta teoría,acaso, la risa general? Al contrario,
Coase, alzado sobre los hombros de sus adulones colegas fue considerado un
semidios (lo que, dicho sea al pasar, bastante dice de sus colegas). Sobre las
alas de semejante teoría, la idea voló hasta encontrar su punto de
concreción en la vida real. Hoy la Administración de la Calidad
del Aire de la Costa Sud del los EEUU, adjudica 'derechos de compensación'
a aquellas firmas registradas con fuertes índices de contaminación.
Los nuevos contaminadores pueden comprar 'derechos de propiedad' de otros
contaminadores más antiguos. De hecho, no se multa a la gente por
contaminar. Se les paga para que dejen de hacerlo: el defecto se premia.
En cambio, si usted ha sido un buen vecino, y voluntariamente ha dejado de
contaminar, no tiene derecho alguno a ser compensado. La virtud es multada.
¿Y aquellos que quieren respirar? Coase dice que ellos también
deberían comprar ese derecho del contaminador más antiguo
y honrado. Mediante el contrato de compra y pagando los derechos de
compensación. Y por esta clase de teorías se le dio el
Premio de Nobel. Hoy podemos ver cuán acertado estaba el viejo
Ingersoll. Nada es demasiado absurdo una vez que se ha aceptado traspasar
los límites de lo razonable.
Traspasado el límite de la razonabilidad se puede destilar y hacer
rendir al máximo las consecuencias derivadas del principio del derecho
de propiedad sobre el suelo establecido por los hombres.
[2]
[1]
Masson Gaffney, economista, es autor de numeros trabajos críticos
de la ciencia económica oficial. The Corruption of Economics
(La corrupción de la ciencia económica), Shepheard-Walwyn,
London, 1994, escrita en colaboración con Fred Harrison, es su
último libro.
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[2]
Henry George (1839-1897), filósofo, economista, fue autor de numerosos
libros sobre problermas sociales de raíz económica, entre los
que se destaca "Progreso y Miseria. Indagación acerca de la causa
de las crisis económicas y del aumento de la pobreza con el aumento de
la riqueza. El remedio", traducido al castellano por Baldomero Argente
del Castillo, Robert Schalkenbach Foundation, New York, 1972.
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