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INSTITUTO DE CAPACITACIÓN ECONÓMICA |
Este artículo no es esta una nota académica ni un alegato partidario. Debe ser visto, más bien, como una proclama política. Pretendo llamar la atención del lector, más allá de legítimas banderías, sobre un problema de orden constitucional, entendido en el sentido fuerte de la palabra. De hecho la cuestión de los recursos del Estado es un problema social inevitable al cual se han dado y se pueden dar distintas soluciones. Lo importante es reconocer que la solución adoptada para dotar al Estado de recursos determina la configuración de gran parte de los órdenes de conducta mediante los que se constituye la sociedad. Desde este punto de vista es necesario sobre todas las cosas abandonar la parsimoniosa actitud que reina entre los dirigentes sociales actuales quienes se comportan frente al sistema vigente como si fuera correcto o, en todo caso, el único posible.
En relación a nuestro país sostengo las siguientes tesis:
Que haya trabajo para todos y con elevados salarios; que el principio de igualdad de oportunidades sea compatible con el de la competencia que exige la economía de mercado; que la democracia sea un sistema de gobierno que coexista con un alto grado de libertad individual; que la justicia social sea un orden normal; que disminuya la violencia en la mayoría de las relaciones sociales; que las pequeñas empresas sean hormonas estimulantes del crecimiento productivo; que la moral social sea más elevada, todo esto y mucho más, depende del sistema de recursos del Estado. A quien esto le parezca exagerado, recuerde las tensiones, conflictos y frustraciones sufridas hasta hace muy poco, cuando gobernantes y gobernados aceptaban como recurso del Estado la emisión de moneda sin respaldo. El orden social cambió por completo en muchos ámbitos de la vida cuando en 1991 se abandonó ese recurso. Pero fue entonces, a partir de recurrir a los impuestos en lugar de la emisión, cuando nuevas conductas y fenómenos aparecieron en la escena privada y pública. Una evasión de casi el 50% de lo calculado, un quinto de la población asalariada en paro forzoso (desocupación), otro tanto de trabajadores "en negro", quiebra de decenas de miles de pequeñas y medianas empresas, son algunos de los hechos que siguieron al nuevo sistema. En realidad, como se verá más abajo, se trataba de un viejo sistema, que en la practica se aplicaba poco y mal. El cambio consistió en revitalizarlo, perfeccionar sus mecanismos y aplicarlo mucho más severamente.
Este viejo sistema constituido de manera principal por gravámenes a las exportaciones e importaciones, al valor agregado, a las ganancias y a los ingresos brutos, funciona como un freno a la actividad productiva y comercial y al consumo. Este efecto y el repudio a los recursos inflacionarios genera situaciones paradójicas: todo el mundo coincide en que los impuestos deben ser pagados, pero quien puede evade. La severidad en el cobro exige mayores gastos por parte del Estado, a pesar de lo cual las metas propuestas aparecen cada vez más lejanas. El déficit presupuestario parece indomable y el gobierno debe apelar a otro recurso: el endeudamiento interno y externo. Al cabo de una década de la aplicación de este sistema de impuestos, pese a operaciones realizadas para achicar la deuda externa, ésta se ha duplicado y al déficit hay que reducirlo mediante recortes en el gasto público, ya bastante recortado de antemano al formalizar los presupuestos.
Las promesas incumplidas
Dada las circunstancias descriptas, cada año, y en ocasiones varias veces en el periodo, no importa quien sea presidente, el Ejecutivo propone una reforma tributaria para aumentar sus ingresos. De modo no menos rutinario, los legisladores manifiestan que estudiarán el proyecto "con todo cuidado" antes de dar su voto. Al mismo tiempo que critican lo que consideran un "parche" exigido por las circunstancias, expresan su voluntad de afrontar en el futuro una "reforma profunda del sistema". No solo se trata de promesas incumplidas, sino de difícil cumplimiento. El pensamiento que domina en esas declaraciones apunta a erradicar la evasión "haciendo que todo el mundo pague" y a sostener como principio fundamental que "deben pagar más lo que más tienen y más ganan ". Nada nuevo hay en estas palabras. Son frases que se fundan mucho más en la natural sensibilidad hacia la gente de menores ingresos que en la meditación rigurosa. Tales ideas son ampliamente populares. Su popularidad produce un feed back positivo: el político las sostiene porque caen bien a la gente y ésta apoya a los políticos que las sostienen, porque las estiman razonables. Lástima que al mismo tiempo que todos están contentos y esperanzados, se alejan más del conocimiento de las rectas ideas que podrían permitirles cumplir la promesa de reformar el pésimo sistema actual y dejar de sufrir sus consecuencias. Desprovistos de un conocimiento productivo, cuando llegan los proyectos creando nuevos impuestos o aumentando las cargas existentes, los legisladores quedan en manos de los técnicos que los auspician, cuya meta es reunir dinero y no meterse en problemas que desconocen. Para colmo, cada reforma impositiva es tratada como un episodio aislado del orden económico e incluso de la política económica que se practica. De manera que su tratamiento parlamentario es hecho de manera por completo separada de otros problemas con los cuales el sistema de impuestos está muy vinculado. Así, por ejemplo, se discuten fuera de la "reforma impositiva" otros impuestos para zanjar alguna falencia sectorial (por ejemplo imponer el 1% a los propietarios de vehículos para otorgar un magro aumento a los maestros), o exenciones para "estimular la inversión de capitales", o se crea un "monotributo" para algunas empresas, o se cuestionan los "contratos basura", la "flexibilización laboral" y la desocupación, sin la más mínima reflexión sobre la relación entre estos hechos y el sistema de impuestos vigente. Esta desvinculación es una buena prueba de la falta de seriedad científica del conocimiento económico dominante en la actualidad. En verdad no se puede culpar a los legisladores de tales procedimientos. La falla proviene del pobre y erróneo conocimiento académico respecto del orden económico y de sus relaciones con los demás órdenes de la sociedad humana y de ésta, como un todo, con el orden de la naturaleza.
Dos observaciones para intentar una reforma del sistema de recursos del Estado. Solo estaremos frente a una reforma del sistema de recursos del estado cuando los legisladores se dispongan a extirpar dos cánceres que están destruyendo nuestro organismo social:
¿Cómo llegamos a este deplorable estado de cosas?
Por el tipo de producción y su escasa población, los principales recursos del Estado argentino, a lo largo de su historia, provenían de los derechos sobre la exportación. Eran impuestos, pero pagados por los extranjeros compradores. Esta situación perduró hasta la crisis mundial de 1930. La caída de la demanda internacional privó al gobierno de ese ingreso y hubo que recurrir a los impuestos internos. Había entonces, como lo hay hoy, dos caminos:
La renta fundiaria es la base del tesoro público
El predio que cada uno necesita según sus preferencias - urbana o rural - es parte del territorio argentino. Cada predio tiene un valor económico que se refleja en su precio de mercado. El valor aumenta con la demanda: crece con el aumento de población, de actividades, de inversiones y de producción, e incluso, de un modo falso, con el acaparamiento especulativo. Este valor no es una cosa; es un crédito. Es lo que debe pagar aquel que pretenda ocuparlo. Como el valor del suelo no es fruto del trabajo de quien lo ocupe, sino de la actividad de la sociedad en que se encuentra (de la "ubicación" dicen los martilleros), ese valor es un crédito público. Cobrar ese crédito es el primer deber de un Estado que pretenda mantener una sociedad abierta y democrática. Si no lo hace, si permite que los primeros ocupantes especulen con el creciente valor del suelo, echará las bases para una sociedad oligárquica. Minará la democracia, cancelará la igualdad de oportunidades y arruinará la economía de mercado y con ello todo el orden social.
Pero los males serán aún peores. Al no cobrar el crédito público del Estado, el gobierno de turno necesitado de recursos, si no emite moneda falsa, apelará a los impuestos. Sin embargo, con esta medida, pese a sus aparente seriedad (porque es superior a la inflación), deprimirá al consumo y frenará a la producción.
En conclusión, la verdadera reforma tributaria, para ordenar una sociedad próspera de hombres libres, consiste en recaudar la renta fundiaria y eliminar los impuestos que sofocan a los consumidores y a los agentes de la producción.
(*) El Dr. Héctor Raúl Sandler es Profesor Consulto en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA. Ha sido titular de Derecho Civil y de Filosofía del Derecho en varias universidades argentinas, mexicanas y norteamericanas. Se desempeño como diputado nacional durante los períodos 1963-1965 y 1973-1976. Es autor de libros sobre política económica, entre los cuales se destacan "Expansión dinámica social", "De la amnistía a la represión", "Alquileres e inflación" y "El desafío argentino: eliminar los impuestos". Actualmente como investigador titular en el Instituto Ambrosio L. Gioja, dirige el proyecto "Derecho para la constitución económica del Mercosur".
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