El problema de las Galias

 

Hallado en Roquepertuse, Francia, esta representación de un guerrero, sin dudas heroizado, adornaba un santuario celtoligur.

 

Al referirnos a la zona mediterránea, la actual Provence francesa, y al oppidum de Manching, hablamos de dos zonas en los confines de la Galia, una al sur y otra al norte, donde la evolución histórico-socio-cultural no era la misma que en la amplia franja que quedaba entre las dos. Particularmente, al referirse al sur francés, tanto hacia el Mediterráneo como hacia el Atlántico, resulta algo abusivo hablar de galos, máxime si se toma a estos como un mismo pueblo de cultura celta tradicional. Es conveniente plantearnos este problema desde dos aspectos: el político-geográfico, y el histórico-antropológico.

 

El aspecto político- geográfico. Originalmente, los términos celta y galo son sinónimos, designando al mismo pueblo; el primero viene del griego «kelta», y el segundo del latín «gallo». Hacia el siglo IV a.C., los romanos tenían en los límites de Roma, más allá del Po, a tribus celtas _ senones, bóios y otros _ , que respondían a ciertas características que les eran comunes: altos, más bien rubios, ojos claros, más pendencieros que guerreros, compartiendo una misma lengua céltica. El intento romano de subestimarlos, no carente de humor, les hizo apodarles «galli» (gallos) por el aspecto bravío comparable a un gallo de riña. Es así que los romanos comienzan a llamar Gallia Cisalpina (de este lado de los Alpes) a la zona entre los Alpes y el valle del Po, y Gallia Transalpina (del otro lado de los Alpes) a una noción territorial habitada por estos mismos pueblos, más allá de los Alpes. Si bien la extensión total del territorio así llamado iba de los Pirineos hasta el Rhin, es Julio César en «De Bello Gallico» (la guerra de las Galias) quien decide que la frontera entre Galia y Germania es el Rhin. Así, Galia y Germania se vuelven dos nociones geográficas. Como lo expresa Suzanne Citron *, Galia es entonces un término que, a pesar de ser sólo una noción, se populariza por una comodidad lexical, sin validez científica, que va a ser usada abusivamente, planteando incluso confuciones, ya que ha habido pueblos galos instalados más allá de esa frontera.

En lo que respecta a la administración de Roma, no se trataba de una sola Galia sino de varias. En tiempos de Julio César, la Cisalpina ya había sido anexada a Roma; mientras que respecto de la Transalpina, él mismo distingue tres: la Gallia Belgica limitada por el océano Atlántico, los ríos Rhin, Marne y Sena; la Gallia Aquitana al sur, entre el Atlántico, el río Garonne, el limes (límites) con la Provincia Narbonnae (la Narbonesa) y los Pirineos; entre estas dos, desde el Atlántico al valle del Rhône (Ródano), y desde los ríos Sena y Marne hasta el río Garonne y el limes con la Narbonesa, la llamada Gallia Melenuna (melenuda) o Galia propiamente dicha ya que en ella se encontraban las tribus galas más características _es decir puramente celtas_. En esta división un poco antojadiza de Julio César falta incluir la ya entonces provincia romana de Narbonesa. La Narbonesa es la zona de la Francia actual correspondiente a sus regiones de Languedoc-Roussillon, al oeste del Mediterráneo desde los Pirineos hasta el valle del Rhône, y de Provence, al este del Mediterráneo entre el Rhône y los Alpes.

Nos encontramos así con cinco Galias cuya delimitación resulta cómoda a la hora de estudiarlas, pero donde el concepto de límite es en primer lugar caprichoso, ya que las características de cada una no coinciden con las fronteras geográficas que les han atribuido.

 

El aspecto histórico-antropológico.

El devenir histórico del territorio que presenta esta amplia zona que los romanos englobaron como Galia, ha dejado numerosos trazos de civilizaciones que responden a diversos grados de desarrollo cultural, incluso al tratarse de pueblos parientes. Podemos decir que los galos de la Melenuna son los que responden completamente a la idea que tenemos hoy sobre los celtas tradicionales, mientras que los galos belgas lo hacen a características diferentes, quizás por tratarse de las tribus últimas en llegar, provenientes de una zona céltica más al centro de Europa, con excasos contactos con los de la Melenuna; mientras que estos últimos, al fusionarse con los pueblos que conquistan, ligures del Mediterráneo francés e íberos de los Pirineos orientales, originarán otras dos culturas con características propias.

Cuando hablamos de galos, hacemos generalmente referencia a aquellos que consideramos netamente celtas: los de la Melenuna. Y entre éstos también englobamos a los de la Bélgica, a pesar de tener con ellos quizás más diferencias que semejanzas. Mientras que los Celtíberos y los Celtoligures son harina de otro costal, a pesar de tratarse del resultado de la convivencia de aquellos galos con culturas diferentes, a las que han absorbido.

El desfazaje entre el concepto de Galia y el concepto de Galos, ven entonces, es total. Ni la Galia era una gran zona uniforme en un primer momento, ni tampoco lo fue tan distinta después. Del mismo modo que los habitantes de la Galia nunca respondieron a una misma característica, ni dejaron de moverse dentro del antojadizo territorio que los romanos delimitaron.

Entonces es oportuno pautar que llamaremos Galia al territorio más o menos comprendido al oeste de Europa, entre los Pirineos y el Rhin. Y Galos, a los indígenas que lo habitaban hasta la época de la conquista romana. Galos es así sinónimo de Celta, lo que es correcto. Lo importante es no olvidar que no todos los galos respondían a un mismo grado de celtitud.

* "Historia Spécial".Nº 2, pág. 14, nov.-dic. 1989, Éditions Tallandier, París.

 

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